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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 370

Valentina observó cómo Sebastián le arrebataba la botella que, según las reglas, ella debía beberse.

Su mirada se paralizó por un segundo, pero desechó la idea de intentar quitársela de vuelta.

Se quedó allí sentada, viéndolo terminar pacíficamente toda la botella antes de dejarla de nuevo sobre la mesa.

—No te arrepientas—, dijo Sebastián. Su voz rasposa parecía autoritaria, pero escondía una súplica imposible de nombrar.

Sí, Valentina detectó una súplica.

Que algo así saliera de los labios del altivo, frío e intocable Sebastián Correa era irreal.

Apenas había tomado dos copas, ¿cómo era posible que ya estuviera tan borracha como para tener alucinaciones?

Sus dedos se detuvieron. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban tan serenos como siempre, como si no hubiera pasado nada.

Valentina tomó otra botella. Con la vista fija en las burbujas que subían por su copa, pasó un largo rato antes de poder formular su pregunta.

—¿Alguna vez has extrañado a ese bebé?

Si su hijo hubiera logrado nacer, ya tendría un año y un mes.

Pero se había ido, convertido en un angelito.

Los ojos oscuros e insondables de Sebastián se clavaron en sus pestañas, que empezaban a humedecerse. Apretó los puños, tensando los nudillos con fuerza.

Antes de subir, había recibido una llamada del hospital. Cachito había estado en coma durante un día entero antes de despertar.

Si no encontraban un trasplante de médula compatible pronto, su estado solo empeoraría.

El caso de Cachito era especial. Las células madre que necesitaba requerían una compatibilidad extremadamente rara. Si para una persona normal encontrar un donante era de una entre diez mil, para Cachito la probabilidad era de una en diez millones, o quizá una entre cien millones.

Sebastián relajó lentamente los dedos tensos. Luego, tomó una botella completa de licor.

Eligió beber.

Por el rabillo del ojo, Valentina vio el movimiento y sintió una presión asfixiante en el pecho.

Pero de alguna manera, tenía sentido.

Desde que perdieron a ese bebé, jamás habían vuelto a tocar el tema, y Sebastián nunca había mostrado ningún sentimiento al respecto delante de ella.

Quién iba a pensar que era un licor destilado de altísima graduación. Con tres copas, el alcohol ya se le había subido a la cabeza, y todo a su alrededor empezó a dar vueltas.

—Sebastián...— Se llevó una mano a la frente y se dio un par de golpes, intentando despejarse.

Pero al segundo siguiente, su cuerpo se tambaleó y su cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo de la silla de mimbre.

Soltó un suspiro, con las mejillas aún más ruborizadas. —¿Acaso este alcohol... es adulterado? ¿Por qué... estoy tan mareada?

Sebastián se levantó y se acercó a ella. Se inclinó, pasó una mano detrás de su cabeza, la levantó con cuidado y la apoyó suavemente contra su cuerpo.

—¿Eso cuenta como pregunta?—, murmuró él, mirándola desde arriba.

Valentina frunció el ceño. Intentó empujarlo, pero solo pudo clavar inútilmente el dedo índice un par de veces en su duro pecho.

—¡Tramposo!—, gritó de repente, alzando la voz todo lo que pudo. —¡Por supuesto que no!

Mientras tanto, en otra parte de la isla, las hélices de un helicóptero negro empezaron a girar con un estruendo ensordecedor.

El sonido del mar y el rugido de las hélices se entrelazaron en la noche.

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