La pesada puerta de hierro se cerró con un estruendo metálico.
Los guardaespaldas también salieron.
Isabela cayó de rodillas al suelo. Se quedó mirando fijamente aquella puerta de hierro, y justo cuando una lágrima de terror estuvo a punto de caer, recordó que Sebastián había aceptado el trato de renegar públicamente de Valentina. Se tragó las lágrimas a la fuerza.
Soltó una risa siniestra. —Ay, Valentina, qué lástima. Esta vez te voy a arrebatar a Sebastián definitivamente.
Cuando Sebastián entró a la sala principal de la mansión en la superficie, el cielo comenzaba a clarear por el horizonte.
Miró el gran reloj de pared. Eran las cinco y media de la mañana. A esa hora, Valentina seguiría profundamente dormida en Villa Esmeralda.
—Señor Correa, ¿de verdad va a cumplir su exigencia?—, le preguntó Lucas.
Él sabía mejor que nadie lo frágil que era la relación entre Sebastián y Valentina en ese momento.
Si Sebastián daba declaraciones a la prensa aclarando que no tenía relación con Valentina, la confianza entre ellos, que apenas se sostenía con alfileres, se vendría abajo. Sería como un castillo de naipes frente a un huracán.
Sebastián no respondió. Caminó hasta el bar, abrió la vitrina y sacó una botella de licor.
Al verlo beber, Lucas recordó que su jefe llevaba días sin dormir de forma decente.
Entre el estado crítico de Cachito y los problemas de Valentina, su agenda estaba al borde del colapso, sumado a las crisis empresariales que había causado Nicolás Correa en el corporativo.
Antes de llevar a Valentina a la isla, había estado trabajando sin descanso, estirando cada segundo al máximo para dejar todo solucionado.
Y en solo dos días de ausencia, los reportes en la corporación ya formaban montañas esperando su firma.
Mientras Sebastián bebía, la imagen de Cachito en la sala de cuidados intensivos invadió su mente.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....