Valentina no podía evitar preguntarse si Sebastián había movido los hilos para forzar el compromiso entre Daniel y Lorena.
Mateo observó la dirección en la que el auto de Daniel había desaparecido y murmuró con tono sarcástico y melancólico:
—Otro corazón roto en la lista.
Tras despedirse de Valentina, Daniel condujo hasta el puente sobre el río.
Había llovido en los días anteriores, por lo que el nivel del agua había subido considerablemente.
Daniel detuvo el auto en medio del puente.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de vestir y sacó un anillo de compromiso.
Era el anillo que había comprado para Valentina cuatro años atrás. Lamentablemente, no pudo dárselo en aquel entonces, y ahora, jamás podría hacerlo.
Miró cómo el diamante destellaba bajo la luz del sol, tan brillante y hermoso como esos ojos expresivos que ella tenía.
—Valentina...
Daniel bajó la cabeza y besó el anillo, como si estuviera besando los ojos de la mujer que amaba.
Por un lado estaba la vida de su padre; por el otro, la libertad de amar a Valentina.
Sebastián le había obligado a elegir.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas en completo silencio mientras lanzaba el anillo por la ventana del auto.
Pero en el instante en que la joya sobrevoló la barrera de protección del puente, el corazón de Daniel pareció detenerse. Con el rostro mortalmente pálido, abrió la puerta de un empujón y corrió desesperado hacia la orilla.
Apoyando ambas manos en la baranda, observó las aguas turbulentas del río bajo sus pies. El anillo de compromiso se hundió y fue arrastrado para siempre por la corriente fangosa.
...
Para cuando el personal médico terminó de extraer la médula ósea de Isabela, ya había amanecido por completo.
Sebastián calculó la hora en la que Valentina debía estar despertando y se preparó para regresar a Villa Esmeralda.
Sin embargo, recibió una llamada urgente del hospital. Cachito estaba ardiendo en fiebre.
Sebastián condujo a toda velocidad. Al llegar, pasó apresuradamente por el protocolo de desinfección, se puso el traje de bioseguridad y cruzó las pesadas puertas hacia la sala de cuidados intensivos.
Entró en la enorme cámara de aislamiento diseñada exclusivamente para Cachito. Vio al pequeño en brazos de los médicos y enfermeras que se turnaban para calmarlo. Tenía el rostro rojo por la fiebre y lloraba sin consuelo con los ojitos cerrados.
Revisó los indicadores en los resultados médicos. Desde que Cachito había nacido, Sebastián había aprendido a leer todos esos informes sin necesidad de que los médicos se los explicaran.
La enfermedad avanzaba a una velocidad espeluznante.
El médico continuó su análisis:
—Es probable que esté relacionado con las toxinas presentes en su organismo. Si no podemos proceder con el trasplante de médula de inmediato, al menos lograr neutralizar el veneno le daría una gran ventaja.
Una vez que Cachito estuvo profundamente dormido, Sebastián abandonó la sala de cuidados intensivos. Se quitó el traje de bioseguridad, con la ropa empapada en sudor.
Echó una última mirada hacia las pesadas puertas de la habitación.
En ese momento, Lucas salió del ascensor, caminó rápidamente hacia él y le murmuró algo al oído.
Una gota de sudor cayó desde la frente de Sebastián hasta sus pestañas, y un destello de una frialdad macabra cruzó por sus profundos ojos oscuros.
Tal como lo esperaba.
Con pasos firmes, se dirigió hacia los vestidores, mientras su voz cortante como el hielo daba la orden:
—Redacta un comunicado aclaratorio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....