—¡Vrummm...!
De pronto, desde las cercanías del muelle, el rugido de varios motores resonó con fuerza. Faros cegadores perforaron la niebla sobre el río, iluminando de golpe el descampado frente a la casa roja.
Fausto Navarro entrecerró los ojos y su semblante se oscureció.
—¡Son los hombres de la familia Correa!
Valentina contuvo la respiración.
¿Sebastián ya sabía que ella estaba en peligro?
Claro, cerca de allí se encontraban los almacenes de una de las subsidiarias del Grupo Correa. Durante la investigación en su contra, las instalaciones habían sido clausuradas, y apenas hace un par de días les habían levantado el cerco.
Eso explicaba cómo habían podido movilizar a su gente tan rápido.
—¡Muévanse! —ordenó Fausto.
Sus hombres comenzaron a desplazarse con urgencia, pero era evidente que la repentina aparición de esos vehículos los había puesto nerviosos.
Justo cuando el cañón en la espalda de Valentina se hundió con más fuerza para empujarla a caminar, ella pisó violentamente el empeine del hombre que la escoltaba.
—¡Ahhhh!
Aprovechando ese segundo de dolor del guardia, Valentina giró sobre sí misma, sujetó el brazo con el que empuñaba el arma y lo torció hacia atrás con toda su fuerza.
En un abrir y cerrar de ojos, le arrebató la pistola y la encajó directamente en la cabeza de Fausto.
—¡Que nadie se mueva!
Los hombres que iban a detenerla se quedaron petrificados al instante. Nadie se atrevió a dar un solo paso.
Docenas de ojos la fulminaron, rebosantes de intenciones asesinas.
Los vehículos se acercaban cada vez más. Sin embargo, Fausto Navarro ni siquiera borró la sonrisa de sus labios.
—Mi intención original era no causar tanto alboroto.
Valentina sintió que algo andaba mal. De repente, cuando los autos estuvieron a apenas cincuenta metros de la casa roja, ¡un estallido monumental sacudió la tierra!
¡Los cinco vehículos saltaron por los aires y volcaron, destrozados por los explosivos sembrados bajo tierra! Otra detonación consecutiva envolvió los restos de los autos en gigantescas bolas de fuego.
El resplandor anaranjado de las llamas bailó en los ojos de Valentina, revelando su rostro súbitamente pálido como la cera. Con los ojos inyectados de sangre por la ira, hundió aún más el cañón del arma contra la sien de Fausto.
Él levantó un poco la barbilla, sin mostrar temor ante la explosión ni ante el metal frío en su cabeza.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....