El hombre que emergió del bosque no era otro que Miguel Solís.
Llevaba ropa y botas de montaña, igual que Mateo. Tal vez fuera la neblina que se arremolinaba a su alrededor, pero su mirada tenía un destello mucho más frío y calculador de lo habitual.
Sin embargo, Sebastián no mostró ni una pizca de sorpresa ante su aparición.
Él y sus hombres sabían perfectamente que había intrusos escondidos entre los árboles.
Y debían ser hombres de la familia Solís, de lo contrario, Mateo no se habría atrevido a provocarlo de forma tan descarada.
Aunque en el fondo, Sebastián sabía que incluso si no hubiera hombres emboscados en el bosque, Mateo habría secado las lágrimas de Valentina y tomado su mano delante de él sin importarle nada.
Porque en la sonrisa de dientes apretados de Mateo, Sebastián había visto un deseo de posesión imposible de reprimir.
El deseo de un hombre hacia una mujer.
Lo había notado desde hacía mucho tiempo.
Mateo debería dar gracias de que Valentina nunca hubiera sentido nada romántico por él.
En ese instante, los ojos de Sebastián permanecieron impasibles. Su oscura y abismal mirada estaba clavada únicamente en la mano izquierda de Mateo, la cual sostenía con fuerza la de Valentina.
Era una mirada tan afilada y gélida que daba la sensación de tener cuchillos enterrándose en la espalda.
—Suéltame —le recriminó Valentina en voz baja, lanzándole una mirada de advertencia—. Él disparará de verdad.
Ella conocía mejor que nadie la locura desenfrenada de Sebastián.
No le importaba el lugar ni la persona.
Si en el pasado había sido capaz de dispararle a ella para proteger a Isabela, sin duda no dudaría en volarle la cabeza a Mateo.
Pero Mateo ni se inmutó; al contrario, le apretó la mano con aún más fuerza.
—Que dispare si quiere. Si puedo sacarte de aquí, perder una mano es un precio barato.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....