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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 436

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En el sendero de la montaña, Sebastián caminaba a zancadas hacia donde estaban Mateo y Valentina.

El roce de sus botas contra la grava generaba un sonido constante, mientras la sangre escurría entre sus dedos, goteando sobre las rocas.

El lugar estaba plagado de guardaespaldas armados. Una luna a medias colgaba sobre la cima de la montaña, mientras que los helicópteros que sobrevolaban la zona seguían envueltos en un feroz enfrentamiento.

Pero era evidente que las fuerzas de Fausto estaban perdiendo terreno.

Aquel combate parecía a punto de llegar a su fin.

Valentina aprovechó la distracción para zafarse de la mano de Mateo y empujarlo hacia atrás. Con los ojos enrojecidos, enfrentó la mirada de Sebastián. Realmente había intentado asesinar a Mateo.

—¿Qué es exactamente lo que quieres?

Mateo, tras ser empujado, volvió a dar un paso al frente y la tomó del brazo, intentando cubrirla de nuevo. Pero en cuanto la tocó, sintió a través de la tela cómo los músculos de su brazo estaban tensos y temblaban.

Se detuvo en seco.

Los veinte años de complicidad entre ellos le dijeron que, esta vez, él no debía intervenir.

Soltó el brazo de Valentina, pero no se movió de su sitio, manteniéndose a su lado para acompañarla.

—Ven aquí —le ordenó Sebastián en voz baja.

Esos oscuros ojos parecían un abismo insondable al que no entraba ni un destello de luz lunar. No miró a nadie más. A cada paso que daba, su vista permanecía clavada únicamente en Valentina.

A pesar de haber bajado la voz, el tono causaba escalofríos, haciendo que incluso la pálida luz de la luna pareciera congelarse sobre sus cuerpos.

Sin saber por qué, al verlo de esa manera, a la mente de Valentina acudieron imágenes de todo lo que había sucedido después de que cayeran por el acantilado.

La promesa de que siempre estaría con ella mientras bordeaban la línea entre la vida y la muerte, la chaqueta que se había quitado sin dudarlo para abrigarla, y el ancho de su espalda cuando la había cargado.

Tragó el amargo nudo de tristeza que se le formaba en la garganta y preguntó:

—¿Volver a tu lado? ¿Para seguir atormentándonos en este círculo sin fin?

La vez que la rescató en alta mar, y esta vez en la montaña, arriesgando todo por ella.

Había desafiado a la muerte dos veces, y ella sabía muy bien que él lo hacía solo por ella.

—¿Qué tengo que hacer para que me dejes ir?

La nuez de Sebastián subió y bajó. Su mirada se quedó clavada en su perfil obstinado y dijo con voz áspera:

—No vuelvas a decir estupideces como esa.

Una ráfaga de viento helado sopló desde un costado, y él movió ligeramente un pie sobre la grava.

Al menor de sus movimientos, los cañones de las armas de la familia Solís lo siguieron; a la primera señal de agresión, abrirían fuego.

El escolta de Sebastián, en silencio, deslizó la mano hasta su cintura para sacar un arma adicional. Si las cosas terminaban en un tiroteo, con tanta gente en contra, una sola pistola no sería suficiente.

Pero Sebastián solo se movió para interponerse frente a Valentina y bloquearle el paso al viento. No hizo absolutamente nada más.

La miró desde arriba y, con el mismo tono imponente que no admitía réplicas, sentenció:

—Vuelve conmigo. Es muy probable que los hombres de Fausto estén emboscados en este bosque. No es seguro.

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