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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 437

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Su rostro estaba sucio; en la oscuridad del bosque, Sebastián no había podido distinguir esos pequeños detalles, pero ahora que estaban tan cerca, lo notó de inmediato.

Instintivamente levantó la mano para limpiarle la cara, pero Valentina se apartó de un tirón.

—Si no hubieras aparecido, ya estaría a mitad de camino en mi descenso.

La mano de Sebastián se quedó en el aire, con los dedos paralizados. Clavó su mirada en Valentina sin parpadear y continuó insistiendo:

—Yo te llevaré de bajada. Te dije que te seguiría.

Al escuchar sus palabras, Mateo frunció el ceño.

¿Por qué diablos Sebastián sonaba tan... patético?

¿Eran imaginaciones suyas?

¿Acaso al ver que sus amenazas no funcionaban había decidido jugar la carta de la manipulación emocional?

Afortunadamente, Valentina no iba a morder el anzuelo.

—Estaré muy segura si bajo con Mateo y con Miguel. Además, no sé si Isabela sigue viva o no, pero en lugar de estar perdiendo el tiempo aquí conmigo, deberías ir a buscarla.

Ella solo lo dijo para distraerlo, pero sus palabras hicieron que el rostro de Sebastián se oscureciera de inmediato. ¡Le hervía la sangre de escuchar cómo mencionaba a Mateo a cada segundo y ahora encima traía a otra persona al tema!

—Ella no es nadie. Ni siquiera vale la pena que la menciones.

Sin terminar de hablar, Sebastián dio un paso más, quedando a escasos centímetros de Valentina.

—A mí nunca me ha importado esa mujer.

Con reflejos rápidos, Mateo se adelantó de inmediato y escondió a Valentina a sus espaldas.

—¿Ah, ahora sí te da por abrir la boca? ¡Demasiado tarde! ¿Quién sabe si es verdad o no? ¡Lárgate de una vez!

El cuerpo de Mateo bloqueó perfectamente la mano que Sebastián había extendido con intenciones de agarrar a Valentina a la fuerza. En el instante en que la escondió detrás de él, tomando esa postura de hombre que protege a su mujer, la mirada de Sebastián se volvió afilada como una cuchilla.

—¡Apártate!

¡Bang!

Nadie supo de dónde provino el primer disparo.

Desde la penumbra del bosque, Isabela mantenía sus ojos inyectados en sangre clavados en la espalda de Valentina, quien estaba siendo resguardada por Mateo. Sus manos, fuertemente aferradas al arma, temblaban bajo el peso de su inmenso resentimiento.

Los hombres de Sebastián y los de Miguel estaban enzarzados en un violento fuego cruzado. Mateo, arrastrando a Valentina, intentaba escapar por el sendero que descendía de la montaña, pero al parecer había resentido una vieja lesión, porque sus pasos se habían vuelto torpes.

La mano de Isabela, aún sobre el detonador, se detuvo. ¡Esa distancia, esa dirección...!

De repente, una idea cruzó por su mente. Con un destello de victoria enloquecida, echó a correr como una posesa en dirección a ellos.

Mateo se detuvo apenas un par de segundos y le aseguró a Valentina:

—No pasa nada, sigamos bajando. Mi hermano puede retener a Sebastián.

Pero, en ese preciso instante, una brutal explosión retumbó a su lado.

Por puro instinto de supervivencia, Valentina saltó a un lado. La onda expansiva y las rocas voladoras terminaron separándola de Mateo.

Mateo intentó correr hacia ella, pero vio cómo una figura, casi fantasmal, saltaba de entre los arbustos cercanos y agarraba a Valentina.

—¡Ni se te ocurra dar un paso más!

Isabela agarró a Valentina y comenzó a retroceder, con el helado cañón del arma presionando amenazantemente contra la cabeza de su rehén.

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