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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 439

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¡Esa supuesta declaración había sido una vil mentira!

—¿No quieres salvarla? ¡Haz una publicación en tus redes sociales ahora mismo, enfrente de mí, diciendo que te divorciarás de ella pronto y que no sientes absolutamente nada por ella!

Antes de que Sebastián pudiera pronunciar una sola palabra, la mujer que estaba siendo utilizada como escudo soltó una débil carcajada.

—Isabela, eres realmente patética.

—¡Cállate la boca! —gruñó Isabela, interrumpiéndola de golpe.

Pero la voz de Valentina siguió fluyendo:

—Sebastián y yo firmamos papeles de matrimonio falsos. Jamás hemos sido esposos. ¿Cómo podría haber un divorcio?

Al ver la sonrisa de burla en los labios de Valentina, la mirada de Sebastián se paralizó y la mano con la que sostenía el arma se tensó por completo.

El cañón que presionaba contra la sien de Valentina temblaba, rozando cruelmente la piel ensangrentada. Sin embargo, Valentina parecía no sentir el menor dolor. Toda su concentración estaba enfocada en Isabela, desesperada por encontrar una forma de escapar.

Isabela dejó escapar un jadeo errático.

—¿Eso es verdad? —le preguntó a Sebastián.

La mirada de él era puro hielo.

—Es verdad.

Una carcajada demencial escapó de los labios de Isabela, seguida de un mar de lágrimas.

Si le hubieran dado esa noticia en el pasado, habría saltado de alegría, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo.

Pero ahora que había comprendido la profundidad de los sentimientos de Sebastián hacia Valentina —un lazo inquebrantable que ni la misma tragedia podía destruir—, entendía que era algo que jamás podría obtener, por mucho que se esforzara.

¿Cuánto debía amar Sebastián a Valentina para rebajarse a montar toda esa farsa de matrimonio solo por estar cerca de ella?

—¡¿Por qué demonios te ama tanto?! —Isabela movió el arma de su sien y presionó el cañón directamente contra el pulso en su cuello.

Sebastián levantó su arma y apuntó directamente a Isabela.

Su rostro estaba tenso y sombrío, mientras la imagen del pequeño Cachito, postrado en aquella cama de hospital, asaltaba su mente.

Cachito seguía esperando la sangre de Isabela para poder vivir.

El cuerpo entero de Isabela era un temblor constante. Sus palabras se atropellaban unas a otras, en un ataque de histeria total.

—¿Por qué? ¡Dime, Valentina, por qué te ama tanto! ¡¿Por qué te apoderaste de su corazón?! Si se suponía que ustedes dos eran enemigos jurados, ¡¿por qué no estás muerta?!

—¡Incluso contraté a alguien para que te drogara, se suponía que debías morir!

Recordó cómo, con gran esfuerzo, el niño lograba apoyarse sobre la cama para sonreírle con los ojitos brillando.

Los ojos de Sebastián estaban inyectados en sangre, teñidos de una mezcla salvaje de ira y desesperación.

No podía permitir que Isabela dijera una sola palabra más.

Valentina no sería capaz de soportarlo.

Al escuchar la confesión de Isabela, el rostro de Valentina se descompuso, volviéndose mortalmente pálido. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora temblaban llenos de lágrimas y carentes de todo enfoque.

—¿Qué dijiste?

—Se suponía que ibas a morir. Ya no sé si fue tu maldita suerte la que te salvó la vida o la desgracia de tu propio hijo la que lo condenó, porque...

La voz de Isabela se coló en los oídos de Valentina como una maldición imborrable:

—Ese niño tomó el lugar de...

¡Bang!

En el instante exacto en que la bala cortó el viento, una lágrima se desprendió de los ojos ensangrentados de Sebastián y se estrelló contra la tierra.

La voz de Isabela enmudeció para siempre.

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