Un escalofrío paralizó por completo a Mateo; sus pupilas se dilataron en extremo.
—¡Isabela, suéltala!
—¿Soltarla? —Isabela esbozó una sonrisa tétrica. Su rostro estaba lleno de arañazos hechos por las ramas, y la sangre escurría por su pálida piel hasta la barbilla. Al sonreír, la sangre reseca formó grietas macabras en su rostro.
Tenía un aspecto espeluznante.
Poco a poco, su sonrisa se fue desvaneciendo.
—La soltaré, por supuesto... pero cuando esté muerta.
Mientras combatía contra Miguel, Sebastián no había dejado de prestar atención a lo que sucedía. En el momento en que alguien arrojó una granada hacia Valentina, se zafó a la fuerza de los guardaespaldas de la familia Solís y corrió a toda velocidad hacia ellos.
Cuando vio a Valentina siendo tomada como rehén por Isabela, con un arma apuntándole directamente a la cabeza, sintió cómo todo se desmoronaba. Valentina estaba exhausta por el frío de la montaña, y su rostro carecía de color. Parecía una hoja de papel tan frágil que cualquier ráfaga de viento podría hacerla pedazos en cualquier instante.
El rostro de Sebastián se endureció, tan implacable como el hielo en pleno invierno, y los dedos con los que apretaba su arma crujieron con violencia.
Había calculado cada detalle, pero jamás imaginó que Isabela fuera capaz de rastrearlos hasta ahí.
—Sebastián —murmuró Isabela al verlo llegar, con una sonrisa que destilaba una enfermiza dulzura.
Sabía perfectamente que, a la menor señal de peligro para Valentina, él aparecería volando.
En el fondo, ella siempre había sabido que Sebastián amaba a Valentina. Era él quien se negaba a aceptarlo, y con el paso del tiempo, ella misma se había anestesiado, convenciéndose de que ese amor no existía.
Había llegado a creer que, por culpa de la profunda rivalidad que existía entre las familias, Sebastián odiaba a muerte a los padres de Valentina y, por consiguiente, jamás podría amarla.
Pero la verdad era que no solo seguía amándola, sino que la amaba con una devoción abrumadora.
Al notar que Sebastián daba un paso hacia ella, Isabela apretó con más fuerza a Valentina y dio un paso hacia atrás.
—¡No te muevas! —gritó, con la voz temblorosa de histeria—. ¡Sebastián, quédate donde estás! ¡No te acerques!
—Si tienes algún problema, ven por mí —gruñó Sebastián, con una voz rasposa que destilaba una implacable sed de sangre—. Déjala en paz.
—¿Dejarla en paz para que puedan huir juntos a vivir su cuento de hadas? —los ojos de Isabela estaban rojos y apretaba los dientes con ferocidad—. ¡Nunca! ¡Antes prefiero morir!
Con Valentina de rehén, el caos se detuvo de repente. Tanto los hombres de la familia Correa como los de la familia Solís cesaron el fuego y corrieron hacia el lugar.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....