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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 438

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Un escalofrío paralizó por completo a Mateo; sus pupilas se dilataron en extremo.

—¡Isabela, suéltala!

—¿Soltarla? —Isabela esbozó una sonrisa tétrica. Su rostro estaba lleno de arañazos hechos por las ramas, y la sangre escurría por su pálida piel hasta la barbilla. Al sonreír, la sangre reseca formó grietas macabras en su rostro.

Tenía un aspecto espeluznante.

Poco a poco, su sonrisa se fue desvaneciendo.

—La soltaré, por supuesto... pero cuando esté muerta.

Mientras combatía contra Miguel, Sebastián no había dejado de prestar atención a lo que sucedía. En el momento en que alguien arrojó una granada hacia Valentina, se zafó a la fuerza de los guardaespaldas de la familia Solís y corrió a toda velocidad hacia ellos.

Cuando vio a Valentina siendo tomada como rehén por Isabela, con un arma apuntándole directamente a la cabeza, sintió cómo todo se desmoronaba. Valentina estaba exhausta por el frío de la montaña, y su rostro carecía de color. Parecía una hoja de papel tan frágil que cualquier ráfaga de viento podría hacerla pedazos en cualquier instante.

El rostro de Sebastián se endureció, tan implacable como el hielo en pleno invierno, y los dedos con los que apretaba su arma crujieron con violencia.

Había calculado cada detalle, pero jamás imaginó que Isabela fuera capaz de rastrearlos hasta ahí.

—Sebastián —murmuró Isabela al verlo llegar, con una sonrisa que destilaba una enfermiza dulzura.

Sabía perfectamente que, a la menor señal de peligro para Valentina, él aparecería volando.

En el fondo, ella siempre había sabido que Sebastián amaba a Valentina. Era él quien se negaba a aceptarlo, y con el paso del tiempo, ella misma se había anestesiado, convenciéndose de que ese amor no existía.

Había llegado a creer que, por culpa de la profunda rivalidad que existía entre las familias, Sebastián odiaba a muerte a los padres de Valentina y, por consiguiente, jamás podría amarla.

Pero la verdad era que no solo seguía amándola, sino que la amaba con una devoción abrumadora.

Al notar que Sebastián daba un paso hacia ella, Isabela apretó con más fuerza a Valentina y dio un paso hacia atrás.

—¡No te muevas! —gritó, con la voz temblorosa de histeria—. ¡Sebastián, quédate donde estás! ¡No te acerques!

—Si tienes algún problema, ven por mí —gruñó Sebastián, con una voz rasposa que destilaba una implacable sed de sangre—. Déjala en paz.

—¿Dejarla en paz para que puedan huir juntos a vivir su cuento de hadas? —los ojos de Isabela estaban rojos y apretaba los dientes con ferocidad—. ¡Nunca! ¡Antes prefiero morir!

Con Valentina de rehén, el caos se detuvo de repente. Tanto los hombres de la familia Correa como los de la familia Solís cesaron el fuego y corrieron hacia el lugar.

—Ja —Isabela soltó una carcajada lúgubre—. ¿De verdad me crees tan estúpida?

—¿Y no lo eres? ¿Crees que si me matas, Sebastián se va a enamorar de ti? Te lo digo ahora: eso jamás sucederá. Porque si yo muero, habrá miles de mujeres detrás de él. ¿Las vas a matar a todas?

A Isabela le temblaban las manos al sostener el arma.

—¡Él no se enamoraría de nadie más!

Sebastián era el hombre más leal que había conocido en su vida. Con ese temperamento salvaje e indomable, era casi imposible que entregara su corazón.

Pero Valentina había tenido esa absurda suerte.

La suerte de recibir el amor exclusivo y absoluto de un hombre como él.

Manteniendo el arma firmemente contra la cabeza de Valentina, miró fijamente a Sebastián.

—Tú nunca publicaste ninguna declaración diciendo que no tenías nada que ver con ella. ¿Por qué creaste una página falsa para engañarme? ¡¿Por qué?!

En el sótano había empezado a sospechar. Cuando la rescataron, usó el celular de Raúl para revisar las redes sociales, pero Sebastián no había hecho ninguna publicación al respecto.

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