Él recordaba perfectamente la ilusión con la que Valentina había esperado el nacimiento de ese bebé. Fue la primera vez que percibió su ternura, ese amor maternal hacia una vida que estaba por nacer.
...
En una habitación de hospital fuertemente custodiada por la policía y los guardaespaldas de Sebastián, se encontraba Isabela Campos.
La paciente estaba conectada a una infinidad de tubos y monitores que la mantenían viva.
La manta que la cubría caía plana sobre la cama desde su cintura hacia abajo; no había contorno alguno de sus piernas.
En la explosión, Isabela había perdido ambas extremidades. Había quedado parapléjica, convirtiéndose en una persona con una discapacidad permanente.
Incluso si algún día salía de ahí, pasaría el resto de su vida atada a una silla de ruedas.
Y las posibilidades de que alguna vez volviera a ver el exterior eran nulas.
Sebastián ya había entregado a las autoridades las pruebas irrefutables de sus crímenes.
Con varias vidas sobre su conciencia, lo más probable era que no llegara viva a la próxima primavera, ya que enfrentaba la pena de muerte.
Isabela movió los ojos de un lado a otro y soltó unos quejidos sordos.
—¿Dónde está Sebastián...? ¡Quiero verlo!
Aparte de las visitas rutinarias de médicos y enfermeras, nadie más pisaba esa habitación.
Por mucho que gritara, nadie le prestaba atención.
Finalmente, la puerta se abrió y entró una enfermera para cambiarle el suero.
—¿Valentina ya está muerta? —preguntó Isabela con un tono sombrío.
Esa era una pregunta que el personal médico había escuchado infinidad de veces en los últimos días.
Cada vez que alguien se acercaba, ella repetía lo mismo: '¿Valentina ya está muerta?'.
Pero nadie le contestaba.
Tenían órdenes estrictas de no entablar ninguna conversación con ella.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....