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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 474

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Sebastián sintió físicamente cómo el cuerpo de la mujer en sus brazos se tensaba por completo.

Pero de repente, Valentina sacó fuerzas de flaqueza y se zafó de su abrazo, empujándolo con toda su alma.

—¡Sebastián!

Estaba jadeando. Levantó la vista para mirarlo y sus ojos, antes vacíos y sin vida, ahora rebosaban de un odio puro y sin reservas hacia él debido a sus palabras.

Las venas rojas que se extendían por su mirada inyectada en sangre eran aterradoras.

—¿Cómo te atreves...?

Frunció el ceño en medio de la agonía y las lágrimas comenzaron a brotar mientras apretaba los dientes.

—¿Cómo te atreves a usar el tema de mi bebé para engañarme?

El dolor la inundó como una marea incontrolable. Se encorvó, aferrándose el pecho con desesperación. Pero incluso acurrucada así, el sufrimiento era tan insoportable que las piernas le fallaron.

De no haber sido porque Sebastián volvió a sostenerla por los hombros, habría caído al suelo.

Pero a ella no le importaba en lo absoluto. Por su mente pasaban ráfagas de recuerdos de hacía más de un año, cuando yacía en aquella camilla de operaciones.

Esos recuerdos borrosos, por alguna razón, de repente se volvieron nítidos, como si hubieran ocurrido el día anterior. Todo estaba vivo en su mente.

Recordó la sensación de que su vientre se quedaba vacío, al igual que su corazón. Recordó cómo los médicos se llevaron al bebé, cómo lloró suplicando que la dejaran verlo aunque fuera una sola vez, pero nadie accedió.

Le dijeron que el corazón de su bebé ya había dejado de latir en su vientre. Los médicos no quisieron que lo viera para no causarle un trauma mayor, temiendo que nunca pudiera superarlo.

Ella solo quería verlo una vez. Era la única oportunidad en toda su vida. Una súplica tan pequeña, y aún así se la negaron.

Su bebé, su pequeño Cachito, había muerto hacía más de un año.

¡Cómo podía Sebastián ser tan cruel como para engañarla con eso!

Mateo tardó varios segundos en reaccionar. Furioso y angustiado, gritó:

—¡Sebastián! ¡¿Cómo te atreves, incluso en un momento como este...?!!

No pudo terminar la frase. Vio cómo Valentina apartaba bruscamente las manos de Sebastián y corría tambaleándose hacia la puerta de la habitación.

Su estado mental era inestable. Si había sido capaz de llegar al extremo de cortarse las muñecas, si salía corriendo ahora, las consecuencias serían impensables.

Si creía que el bebé había sufrido por su culpa, no le quedaría ni una sola razón para vivir.

—¡Valentina, escúchame! —Sebastián, ignorando por completo sus propias heridas, se abalanzó sobre ella y la envolvió en un abrazo asfixiante. Sin importarle cuánto se resistiera, la obligó a darse la vuelta. Con una mano en la nuca, presionó el rostro de ella contra su pecho, besó su cabello y murmuró con voz ronca y profunda—: Está aquí, en este hospital. Te llevaré a verlo.

—Créeme.

Sebastián le lanzó una mirada rápida a Lucas.

Lucas, comprendiendo al instante, sacó su teléfono del bolsillo.

Estaba seguro de que no era falso.

Miró a Sebastián con incredulidad y luego observó el entorno en el que se encontraba el bebé en el video: demasiados equipos médicos, una cápsula de aislamiento.

¿Qué tan frágil debía ser un cuerpecito para tener que vivir en un lugar así?

Por un instante, a Mateo se le encogió tanto el corazón que no pudo articular palabra.

Si a él, que solo era como el tío del niño, le dolía tanto... ¿cómo iba a soportarlo Valentina?

Los dedos de Sebastián, blancos por la fuerza con la que aferraban el teléfono, temblaban ligeramente. Con el otro brazo abrazaba con desesperación a Valentina, que estaba al borde del colapso. Necesitaba darle tiempo para procesarlo. Si la llevaba de golpe a ver a Cachito, ver el estado de debilidad del niño y las vías intravenosas clavadas en esas manitas tan diminutas, su mente estallaría y su cuerpo no lo resistiría.

Respiró hondo y trató de calmarla con voz ronca:

—Hace un año casi no sobrevive. Tardó mucho en recuperarse lo suficiente para aprender a tragar y tomar leche por sí mismo. Crecerá poco a poco.

—Ahora pesa unos ocho kilos, mide menos de setenta centímetros y usa ropita de talla pequeña. Él sabe que le decimos Cachito. Le puse un nombre: Carlo Correa. Si no te gusta, lo cambiamos. Tú decides.

No se sabía si fueron sus palabras las que calmaron a Valentina, o si fue el video reproduciéndose en la pantalla por el rabillo del ojo. Esa pequeña figura parecía tener un magnetismo que la atraía de manera irresistible.

Ese lazo invisible le hizo escuchar el latido acelerado que recordaba de hacía tanto tiempo, los ecos de aquellos exámenes prenatales en los que no se había atrevido a pensar durante todo un año.

—"Estos son los latidos del bebé. Son mucho más rápidos que los de un adulto".

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