En la quietud de la noche, la puerta de un auto se cerró de golpe frente a la Mansión Mendoza. Ricardo avanzó con grandes zancadas hacia el edificio principal, llevando en brazos a la mujer.
Las luces de la sala principal estaban encendidas, pero todo el personal de servicio ya se había retirado a descansar.
El mayordomo, al escuchar el ruido, salió mientras se ajustaba los lentes. De un vistazo notó que Ricardo llevaba a Leticia en brazos, pero antes de que pudiera distinguir el estado en el que ella se encontraba, Ricardo lo detuvo con una mirada fulminante.
—¿Acaso ya no valoras tus ojos?
La mano del mayordomo se quedó paralizada sobre sus lentes. Ricardo no le prestó más atención y subió las escaleras con Leticia en brazos.
Al escuchar cómo la puerta del piso superior se abría de una patada y luego se cerraba de un portazo, el mayordomo suspiró con impotencia y negó con la cabeza.
Qué verdadera tragedia.
La oscuridad se hizo más espesa. En la habitación sin luz, se escuchaban los sollozos entrecortados de una mujer. Poco a poco, esos sonidos se fundieron con la noche, como un vino embriagador en el que el hombre se sumergió por completo.
Cuando las primeras luces del alba asomaron por el horizonte, Ricardo abrazó con más fuerza a la persona que yacía desmayada en sus brazos por el agotamiento. Inclinó la cabeza para depositar un beso en su frente perlada de sudor y, finalmente, se levantó de la cama para ir al baño.
Salió de la habitación con un aura fresca y revitalizada, sin dejar ver en absoluto que había pasado la noche en vela.
Al subir al auto, comenzó a revisar los asuntos pendientes. Le ordenó a su asistente que vigilara de cerca un par de colaboraciones importantes. Para cuando llegó al hospital, ya había resuelto la mayor parte de su trabajo.
Antes de bajarse, le indicó al asistente:
—Pon a la venta el departamento que Leticia tiene afuera.
Le había mentido a Leticia; las cerraduras de ese lugar no habían sido cambiadas. Conservarlo solo era un estorbo.
Mientras empujaba la puerta para salir, añadió:
—Congela la tarjeta bancaria donde se le depositan los dividendos del Consorcio Mendoza. Déjale solo la cuenta de nómina. Con menos dinero, dará menos problemas.
—Y sobre ese sujeto... envía a algunos hombres a buscarlo y denle una lección.
—Sí, señor.
Al entrar al hospital, Ricardo se dirigió directamente a la habitación de Sebastián.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....