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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 61

Valentina forcejeó con todas sus fuerzas, pero Sebastián le apretaba el brazo con más intensidad. Con el rostro enrojecido por el esfuerzo, exclamó:

—¿Que te estoy evitando?

¿Cómo podía ese hombre decir algo así con tanta ligereza?

Era tan ridículo que ni siquiera podía reírse. Cuando logró calmarse un poco, dejó de luchar.

—Aunque, si lo piensas, no te equivocas del todo.

Lo miró directamente a los ojos, fríos y penetrantes.

Con una dicción impecable, dijo:

—¿Has oído alguna vez ese dicho? Si una persona no quiere atraer la desgracia, debe mantenerse lejos de la mala suerte. Así que sí, te estoy evitando. ¿Satisfecho con la respuesta, señor Correa?

Sebastián, con el rostro sombrío, la observó fijamente y soltó una risa burlona.

—Qué carácter.

—Si así quieres verlo, no puedo hacer na… ¡Mmm!

De repente, Valentina fue arrastrada hacia él. El hombre le sujetó la barbilla, la obligó a levantar la cabeza y la besó con ferocidad.

—¡Sebastián, suéltame! ¡Mmm! ¡Ve con Isabela Campos! ¡Eres un imbécil!

Mientras Valentina intentaba insultarlo, él forzó sus labios con rudeza, deslizando la mano que sostenía su barbilla hasta su nuca para sujetarla con firmeza.

Valentina medía alrededor de un metro sesenta y siete y ese día llevaba zapatos planos, lo que la hacía mucho más baja que Sebastián, que rozaba el metro noventa.

Se vio forzada a inclinar el cuello para soportar el beso profundo y violento del hombre.

Una rabia intensa le enrojeció los ojos.

Justo cuando levantaba la pierna para patearlo, Sebastián pareció anticipar su movimiento. Se giró, la acorraló contra la esquina de la pared y la aprisionó con su ancho pecho, obligándola a abrir la boca.

Un perfume desconocido invadió sus fosas nasales, y la imagen de Sebastián llevando a Isabela Campos en brazos hacia el ascensor esa mañana apareció en su mente.

—¿Por qué lloras? —La punta de los dedos de Sebastián rozó la esquina de su ojo, la yema se humedeció con una lágrima tibia que el viento heló al instante.

Pronto, el cuerpo de Valentina se debilitó. Sebastián la rodeó con el brazo por la cintura, atrapándola en sus brazos, y la miró, jadeando.

—¿Todavía tienes ganas de responderme?

Recuperando un poco de fuerza, Valentina lo empujó con violencia, pero apenas levantó la mano, Sebastián volvió a sujetarle la muñeca.

—¿No decías que te dolía? —Le sujetó la muñeca con el rostro serio, mientras la yema de su pulgar acariciaba la palma de su mano, enrojecida por los golpes que le había dado.

Los ojos llorosos de Valentina estaban llenos de furia.

—¡Si es para golpearte, no me importa que me duela el doble!

Sebastián apretó su agarre y se inclinó para besarla de nuevo.

En ese momento, una voz suave llegó desde la distancia, a espaldas de Sebastián:

—¿Valentina? ¿Sebastián?

—¿Y ahora qué? —Los labios de Valentina estaban rojos e hinchados por el beso, irresistiblemente tiernos. Su sonrisa la hacía parecer una seductora—. Tu amor ha venido a buscarte.

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