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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 79

Valentina, por instinto, miró el nombre grabado en la lápida.

"Lina Fuentes"

Sobre la piedra negra había una fotografía.

La chica era de tez clara, con rasgos delicados y una mirada tierna. Sonreía a la cámara.

Valentina estaba segura de que no conocía a esa chica llamada Lina Fuentes.

¿Quién era?

Y además…

El viento helado la había dejado entumecida. Apretando los dientes, que castañeteaban, observó el entorno con desconcierto.

A su alrededor, solo había un bosque de árboles secos y acantilados escarpados. El viento gemía como si alguien se lamentara. Lo único que veía era esa tumba solitaria.

¡Esto no era un cementerio!

Una montaña tan desolada debía de estar lejos de Miramar.

Estaba segura de que la habían secuestrado sobre las dos de la tarde. Ahora, en medio de la nada, con el cielo grisáceo y la noche a punto de caer, ¿qué pensaba hacer ese hombre con ella?

—¡Ven aquí!

De repente, el hombre agarró a Valentina del brazo y le dio una patada en la parte posterior de la rodilla. Valentina, que estaba agachada, cayó de rodillas al suelo.

Con el frío, el golpe en las rodillas fue un dolor agudo y penetrante. Valentina soltó un gemido de dolor.

—¿Quién eres y qué quieres?

Llevarla a un lugar como este no podía ser por dinero.

El hombre no dijo nada. Colocó con cuidado la mochila negra que llevaba en el suelo, abrió la cremallera y sacó un pastel de fondant de color azul cielo de unos diez centímetros.

Colocó el pastel frente a la lápida, se arrodilló y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para sacar un mechero.

El viento en la montaña era fuerte. Intentó encenderlo varias veces, pero la llama se apagaba al instante. Lo intentó una y otra vez, al principio con paciencia, pero al no conseguirlo, su rostro sombrío se fue llenando de tristeza. Llorando, tiró el mechero al suelo.

Cayó justo al lado de la pierna de Valentina.

El hombre soltó una risa enloquecida, se dio la vuelta, sacó una cuerda de su mochila y le ató las manos a Valentina.

—¿Dices que me equivoco? —empujó a Valentina, que tenía las manos atadas.

Con las manos atadas a la espalda, Valentina perdió el equilibrio y cayó al suelo. En medio del mareo, vio que el hombre sacaba otra botella de alcohol de la mochila. Bebió un sorbo y derramó el resto frente a la tumba.

—¿Fuiste tú quien expuso el club de Julián Campos?

El corazón de Valentina dio un vuelco.

Así que este hombre conocía a Julián Campos.

Ella no respondió, pero al hombre no le importó y continuó por su cuenta:

—Lina estaba muy enferma, necesitaba mucho dinero para su tratamiento. Empecé a trabajar para Julián, y el primer mes me dio cincuenta mil. Me dio esperanza. Estaba a punto de conseguir el dinero para curar a Lina, ¡pero fuiste tú!

El hombre estrelló la botella contra el suelo, frente a Valentina, y la señaló con el rostro bañado en lágrimas.

—¡Fuiste tú, entrometida, la que expuso ese club y provocó que lo cerraran! ¡No pude conseguir el dinero y la enfermedad de Lina no se pudo tratar! Mientras Julián estaba en el hospital, le supliqué muchas veces, me arrodillé ante él, ladré como un perro, y finalmente lo convencí. Me prometió que cuando saliera, podría seguir trabajando para él.

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