Lola llamó a otra asistente y, entre las dos, sacaron a la mujer de la oficina.
La puerta se cerró y el silencio volvió a reinar.
Jairo bajó la mirada, su voz sonaba fría.
—¿No piensas salir?
Isabella, que seguía debajo del escritorio, había estado disfrutando del drama, pero al oír el llanto desconsolado de la mujer, se sintió un poco mal, e incluso un poco enojada.
—¡Comieron juntos, bebieron juntos, pasearon, vieron películas y hasta estuvieron en la playa! ¡Hicieron todo eso y ahora dices que no la conoces!
Jairo se frotó la frente.
—¡Éramos un grupo, no estaba solo con ella!
—Seguro que le diste un trato especial.
—No.
—¡Seguro que sí!
—Isabella, te digo que no, ¡y no te voy a mentir!
Isabella bufó, pero después de hacerlo, se dio cuenta de que su tono era de reclamo, y el de él, de explicación.
Jairo también lo notó y dijo, irritado:
—¡Sal de ahí ya!
—¿Por qué me gritas?
—¿Te parece que es un lugar apropiado para estar?
—¿Qué tiene de malo…? —De repente, a Isabella se le cruzaron por la mente ciertas imágenes y se sonrojó—. Oye, ¿no estarás pensando en alguna escena de película para adultos?
Jairo apretó los dientes, se inclinó y la agarró del brazo para sacarla, pero Isabella, para no golpearse, se lanzó hacia adelante y cayó en sus brazos.
Él intentó apartarla, pero ella se aferró a sus hombros.
—Dijiste que no dejas que cualquiera te toque, que como mínimo tiene que ser alguien que no te desagrade. Eso quiere decir que no te desagrado, ¿verdad?
—¡Ja!
Los ojos de Isabella brillaron.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...