Buscaron en varias sucursales de La Casa del Pastel, pero a esa hora ya todas estaban cerradas.
Isabella suspiró varias veces.
—Olvídalo, no pasa nada si no lo como.
Lo dijo con un tono lleno de desilusión y, al terminar, se giró para secarse una lágrima.
Jairo, divertido, sacó su celular y llamó al número que estaba en la puerta de la tienda.
—Sé que ya cerraron, pero ¿podrían hacerme uno ahora? El precio no es problema.
Al poco tiempo, la puerta de la tienda se abrió y una empleada los recibió con amabilidad.
—Nuestro pastelero ya está preparándolo. Por favor, esperen un momento.
Isabella no estaba del todo satisfecha.
—Ojalá estuviera lloviendo ahora.
Jairo suspiró con resignación.
—Tienes que entender que hay cosas que ni un esposo puede hacer.
Isabella se apresuró a mimarlo.
—¡Mi esposo es el mejor, mi esposo es el más poderoso!
La espera debería haber sido larga, pero para Isabella, por alguna razón, pasó volando. Tan rápido que, antes de que pudiera ordenar todas sus emociones, ya tenía una caja de pastel de arándanos frente a ella.
No quiso comerlo en la tienda; insistió en llevar a Jairo a una plaza vacía.
Los empleados, pensando que era el cumpleaños de uno de ellos, les regalaron gorros de fiesta y velas.
Isabella iba a tirarlos, pero Jairo le acomodó el gorro en la cabeza, puso las velas en el pastel y las encendió una por una.
—Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti…
Jairo cantaba mientras aplaudía, con una sonrisa en los ojos que brillaban en la noche como estrellas.
Isabella también sonrió y sintió cómo un rincón oscuro y frío de su corazón se llenaba de calor.
Después de la canción, Jairo le dijo que pidiera un deseo.
—Hoy no es mi cumpleaños —dijo Isabella.
—Lo sé, pero ¿qué importa? Si quieres, puedo celebrar tu cumpleaños contigo cuando sea, incluso una vez al día.
Isabella, pensando que al menos tenía que probarlo, se comió la rebanada. Por suerte, Jairo la había limpiado tan bien que no tuvo ninguna reacción alérgica.
Como la plaza estaba cerca de la casa de Jairo, decidieron ir a su villa.
Al entrar, vieron a Leandro frente a una computadora, rascándose la cabeza con frustración. A su lado estaba su robot de entregas.
Jairo le había dicho que podía arreglarlo, así que se lo había llevado hacía unos días.
—¿Así que ayer te lo trajiste del restaurante y ha estado todo este tiempo aquí metido con el robot? —preguntó Isabella.
Jairo sonrió.
—Apenas está en primer año, ¿no? Se nota que ha aprendido mucho por su cuenta. Tiene buenas ideas y es muy capaz, no le pide nada a un profesional del área.
—¿En serio?
A Leandro siempre le habían gustado las computadoras. Sabía que no se la pasaba jugando, pero nunca supo exactamente qué hacía.
—¡Jairo, no sé qué está mal en este programa, ayúdame a revisarlo! —gritó Leandro sin siquiera voltear.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...