—No…
—¿De qué otra forma podría saberlo? —Isabella arqueó una ceja y sonrió—. Según me dijo, para evitar que le contara a Raúl, le compraste una consola de videojuegos para que se callara.
Diana entró en pánico, aterrada de que Isabella se lo contara a Raúl.
Isabella esbozó una media sonrisa. La historia era cierta, se la había contado el propio Gabriel, y en su momento, a ella le había parecido algo increíble.
—Y tú —Isabella se giró hacia Otilia—. ¿Sabes lo que Gabriel dice de ti? Dice que en cuanto se meten a la cama, empiezas a pedirle cosas, y que eso lo hace sentir como si no estuviera con su esposa, sino con una… prostituta.
El rostro de Otilia se puso lívido.
—¡Él, él no diría algo así de mí!
—Ah, por cierto, también dijo que no está seguro de que el hijo que esperas sea suyo, y que cuando nazca, le hará una prueba de paternidad. Si no es suyo, los dos tendrán que largarse de la familia Ibáñez.
—¡Gabriel! —gritó Otilia, apretando los dientes.
Isabella contuvo la risa. Sus palabras eran una mezcla de verdad y mentira, pero conociendo a ese par, si creían que una parte era cierta, no dudarían del resto.
—¡Ese mocoso malcriado! ¡Cómo se atreve a inventar cosas, ya verá cuando lo agarre! —Diana apretó los puños y corrió hacia la casa.
Otilia también corrió adentro, secándose las lágrimas.
—¡Se pasó de la raya!
Pronto, la casa de enfrente se convirtió en un caos. Se oyeron golpes y, un momento después, Gabriel salió disparado, más maltrecho que antes.
Isabella se apoyó en el marco de la puerta, casi doblándose de la risa.
Vaya día tan movido.
Y el espectáculo no había terminado. Justo en ese momento, apareció Carolina.
—Dejaste tu saco en mi carro, te lo traje.
Carolina sostenía el saco de Gabriel. Justo en ese instante, Diana y Otilia salieron corriendo tras él.
Las dos miraron a Carolina, luego al saco en sus manos, y de inmediato entendieron todo.
—¿Así que anoche estuviste con mi esposo?
Diez minutos después, en cuanto Diana se enteró de que Carolina era la conexión de Gabriel con el Grupo Crespo, su actitud cambió por completo y la invitó a pasar con una calidez desbordante.
Pero Carolina prefirió sentarse afuera. Mientras tomaba su café, no dejaba de mirar a Isabella.
Isabella sabía que la mujer la estaba provocando, así que, sin inmutarse, se sentó también en su propia entrada a tomar café.
Al ver que no lograba alterarla, Carolina se quitó los tacones y estiró los pies hasta ponerlos en el regazo de Gabriel.
Gabriel bajó la cabeza, con una expresión de humillación, como si no lo soportara pero no tuviera más remedio que aguantar. Cuando ella lo empujó suavemente con los pies, él los tomó entre sus manos y comenzó a acariciarlos con cuidado.
Isabella sintió una punzada de asco. La provocación había funcionado.
Pero quien no pudo soportarlo fue Otilia. Ya estaba furiosa al saber que Carolina era la mujer de la noche anterior, y verla coquetear con su esposo en su propia cara fue la gota que derramó el vaso.
En un instante, agarró la taza de café de la mesa de piedra y se la arrojó a Carolina.
—¡Zorra!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...