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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 243

Cuando uno se queda sin palabras, es difícil saber qué decir.

¿De verdad creían que todavía quería estar con Gabriel?

En ese momento, a Isabella le dio pereza hasta explicarse; sentía que sería un insulto para ella misma.

Al volver a mirar a Gabriel, vio que él, como si hubiera encontrado a sus salvadoras, había dejado de llorar y de sentirse destrozado. Ahora estaba allí de pie, interpretando el papel de víctima.

—Mira cómo dejaste a mi hijo. Si no se defendió fue porque todavía te ama y está dispuesto a consentirte, ¡pero tú tampoco puedes pasarte de la raya! —dijo Diana, lamentando el estado de su hijo y culpando a Isabella por la golpiza.

—Pero bueno, ya le gritaste y le pegaste, así que ya deberías haberte desahogado. De ahora en adelante, tienes que portarte bien con Gabriel. La boda ya se la prometimos a Otilia, así que no podemos dártela a ti, pero fue tu culpa, no puedes culpar a nadie. En el futuro, Otilia será la principal y tú la segunda. Las dos tienen que servir bien a Gabriel, ese es su deber.

Tras decir esto, Diana suspiró aliviada.

—Últimamente la empresa ha sido un caos. Deberías renunciar pronto a Grupo Domínguez y volver a nuestra compañía. Tu papá y Gabriel están muy cansados, deberías compartir la carga con ellos.

Diana hablaba como si todo estuviera decidido, pero Otilia no podía aceptarlo.

—¡Gabriel es mi esposo, no permitiré que tenga a otra mujer!

Dicho esto, Otilia fulminó con la mirada a Isabella.

—¡Ten un poco de vergüenza! Hay tantos hombres en el mundo, ¿por qué tienes que robarme al mío?

Isabella suspiró profunda, muy profundamente.

Era cierto, algunas personas no eran personas, ni tenían la capacidad de pensar como tales. Y para tratar con gente así, no se podía usar la lógica normal.

«Está bien, si todos quieren volverse locos, ¡nos volveremos locos juntos!».

Isabella, en tres zancadas, se abalanzó sobre Gabriel y, antes de que nadie pudiera reaccionar, le bajó los pantalones de un tirón.

Cuando los pantalones cayeron, dejaron al descubierto unos calzones rojos y llamativos.

Eran de mujer, con encaje y todo…

—¡Tú!

—Ah, por cierto, ¡también me contó muchos secretos!

Al decir esto, Isabella entrecerró los ojos. Diana, al verla así, se puso en guardia de inmediato.

—Hace veinte años, cuando Gabriel tenía diez, Raúl Ibáñez estaba empezando su empresa y viajaba mucho por trabajo, así que no tenía tiempo para ti. ¡Y tú decidiste engañarlo!

—¡Qué tonterías estás diciendo! —Diana la miró con los ojos desorbitados.

—Era un jovencito, quince años menor que tú, guapo y fuerte. Te volviste loca por él. Una vez incluso lo llevaste a casa y, en pleno arrebato de pasión, Gabriel llegó temprano de la escuela.

—¡Si te atreves a decir una palabra más, te arranco la lengua!

—Me lo contó Gabriel.

***

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