—¡Te alias con extraños para maltratar a tu propia esposa! ¿Y a eso le llamas ser hombre?
Diana, al ver que golpeaban y humillaban a su hijo, agarró una escoba y se lanzó al ataque.
—¡Vieja loca, lárgate de mi casa!
Mientras Diana la distraía, Gabriel aprovechó para unirse. Madre e hijo atacaron a Casandra por ambos flancos: una con la escoba, el otro a patadas. Carolina, ya libre, también pudo contraatacar.
—¡Ustedes tres contra mi mamá!
Otilia, hirviendo de rabia al ver a su madre en desventaja, también se lanzó a la pelea.
Pero apenas se acercó, alguien la empujó y cayó pesadamente al suelo.
—¡Ay! ¡Me duele! ¡Estoy… estoy sangrando!
La pelea se detuvo en seco.
Al ver que Otilia realmente estaba sangrando, Diana gritó, temblando:
—¡Rápido, llamen a una ambulancia!
Mientras el caos reinaba en la casa de enfrente, Isabella casi se cae al suelo de la risa.
La ambulancia llegó y se fue. Al final, solo Carolina quedó en la casa.
Con una calma sorprendente, se terminó su café, se levantó y caminó directamente hacia la casa de Isabella, deteniéndose frente a la reja para mirarla.
A Isabella la situación le pareció de lo más extraña, así que se sacudió las manos y se acercó a la entrada.
—Que yo recuerde, ni en la escuela ni en estos años de trabajo hemos tenido mucho contacto. Así que, ¿de dónde viene tanto… resentimiento hacia mí?
La palabra parecía la correcta.
Carolina entrecerró los ojos.
—¿Dices que no hemos tenido contacto?
—¿O sí?
—¿Sabes cómo me llamo?
—Carolina. Para ser honesta, lo escuché cuando Gabriel te nombró. Si me fiara de mi memoria, solo diría que tu cara me parece familiar, como de una chica que iba un año arriba de mí en la universidad. Nada más.
Al escuchar eso, Carolina se enfureció.
—¡Ni siquiera te acuerdas de mí!
—¿Y por qué debería acordarme de ti?
—Entonces, ¿recuerdas a Álvaro?
Isabella parpadeó.
Jairo: [Si piensas en mí cada segundo, esos 14400 serán maravillosos.]
Isabella: [¿Tú también pensarás en mí?]
Jairo: [No tengo tiempo, estoy trabajando.]
Isabella puso los ojos en blanco. Desde el momento en que empezó a coquetear con él, Jairo ya le había tendido una trampa, esperando el momento justo para dejarla sin palabras.
Pero Isabella no era de las que se daban por vencidas.
Así que respondió: [Un hombre concentrado en su trabajo es lo más sexy que hay. ¡Me muero por ver a mi esposo!]
Él no volvió a contestar. Seguramente lo había dejado sin saber qué decir.
A las siete de la noche, Isabella, ya arreglada, salió de casa.
Justo cuando estaba por llegar al restaurante, Jairo le envió un mensaje. Le decía que había surgido un imprevisto y tenía que viajar de inmediato a Albaria.
Era imposible no sentirse decepcionada, pero Isabella lo entendía.
De todos modos, tenía que cenar, así que entró al restaurante y pidió un menú para una persona.
Pero, por azares del destino, poco después de sentarse, Adriana entró del brazo de su padre, Rafael, ambos riendo y conversando.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...