Isabella no podía hablar, pero sí podía usar las manos.
Así que agarró a Ignacio y le soltó un par de patadas.
***
De camino a la ciudad, Ignacio deliraba por la fiebre, pero seguía protestando.
—¡Espérate a que me recupere y te voy a retar a un duelo!
Isabella no le hizo caso y en su lugar le hizo una videollamada a Iván.
Ni ella ni Jairo habían vuelto la noche anterior, así que supuso que él no habría dormido bien.
Iván contestó rápidamente. Isabella primero le sonrió y saludó con la mano, y luego enfocó la cámara en Jairo.
—Ay, hijo, ¿cómo te lastimaste? ¿Qué pasó? ¿Es grave? ¿Dónde están ahora?
—No es nada, no te imagines cosas —dijo Jairo, frunciendo el ceño.
—Seguro que pasó algo. Anda, cuéntale a tu papá.
—Ya, voy a colgar.
Jairo apartó la cámara, claramente sin ganas de decir una palabra más.
Isabella suspiró. Jairo siempre era así con su padre, y no sabía por qué.
Para que el señor no se sintiera mal, rápidamente volvió a enfocar la cámara en sí misma, pero Iván estaba de muy buen humor.
—En realidad, no hay problema tan grande que no tenga solución, siempre y cuando todos estén bien.
Isabella sonrió y asintió, incluso le levantó un pulgar.
—Bella, ¿por qué no hablas?
Isabella se señaló la garganta, indicando que estaba afónica y no podía hablar.
—Seguro fue por el susto y el estrés. Vente para acá en cuanto puedas. Tengo un remedio secreto que te garantizo que con un solo tazón te dejará la garganta como nueva.
Isabella se alegró. Eso sería fantástico, no quería estar así en su boda.
Jairo, a su lado, le advirtió:
—Yo que tú no me fiaría de sus remedios secretos.
«¿No son de fiar?», pensó Isabella.
Bueno, pues entonces les daría una sorpresa.
***
Al llegar a su casa, Isabella notó de inmediato que algo andaba mal. La ventana del lado oeste en el primer piso estaba abierta, pero ella casi nunca la abría. Además, había huellas de zapatos en el suelo.
«¿Habrá entrado un ladrón?».
Isabella subió corriendo para ver si faltaba algo de valor. Después de revisar todo, se dio cuenta de que faltaba un cuadro.
Era un cuadro de su madre, uno que había comprado hacía años y que guardaba con mucho cuidado.
Rápidamente revisó las grabaciones de seguridad y retrocedió hasta encontrar al ladrón.
Vio a la persona entrar por la ventana, correr directamente al segundo piso, registrar todo hasta encontrar el cuadro y luego sonreír con aire de suficiencia.
Isabella apretó los puños con fuerza y se dirigió de inmediato a la casa de la familia Ibáñez.
—Isabella, ¿qué haces aquí? Oye, ¿qué vas a hacer?
Manuela, al ver su actitud, intentó detenerla instintivamente, pero Isabella la apartó de un empujón.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...