Justo en ese momento, alguien gritó:
—¡El señor Muñoz ha vuelto!
Al oírlo, Isabella se levantó de inmediato y fue hacia la puerta, pero la escena que encontró la dejó paralizada.
Elías llevaba el traje nuevo que ella le había comprado, pero caminaba cojeando. ¡Y la persona que lo ayudaba a caminar era Rafael!
¡Rafael!
La mente de Isabella se sumió en el caos. ¿Cómo podían estar juntos? ¿Acaso Elías se lo había contado todo a Rafael?
—Bella, a tu papá le está doliendo la pierna por el frío y me temo que no podré acompañarte al altar. Pero necesitas a un familiar a tu lado, así que busqué al señor Méndez. Él aceptó ayudar y llevarte de la mano hasta Jairo.
Mientras hablaba, Elías parecía sentirse culpable. Cuando Isabella lo miró, él bajó la cabeza rápidamente.
Rafael sonrió.
—Aunque no sé por qué el señor Muñoz me buscó, me siento muy honrado.
—No es necesario —dijo Isabella con frialdad.
La sonrisa de Rafael se desvaneció un poco.
—Supongo que el señor Muñoz no quiere que pases una vergüenza.
—¡Mi papá es el mejor padre del mundo y nunca me ha hecho pasar una vergüenza!
El tono de Isabella era extremadamente hostil. Se adelantó, apartó a Rafael de un empujón y sostuvo a Elías ella misma.
—Bella, no seas así, después de todo él es…
—¡Yo solo tengo un papá, y es usted!
—Bella…
—A menos que usted ya no me quiera.
Elías suspiró, como si tuviera algo que no podía decir. Sin embargo, considerando la situación, no dijo nada más. Solo pudo girarse para disculparse con Rafael, y luego tomó la mano de su hija para caminar hacia el salón.
El dolor en su pierna era severo; cada paso que daba hacía que sus piernas temblaran.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...