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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 322

Facundo suspiró aliviado. —Me encargo de llevarlo a la policía.

Jairo asintió con un murmullo y se dio la vuelta para caminar hacia Isabella.

Ella seguía de pie en el mismo lugar, cubierta con el abrigo, temblando sin parar. No se detuvo hasta que él la abrazó.

—Reconoció que estaba mintiendo… —dijo Isabella con voz temblorosa.

—Sí —respondió Jairo.

—¿Tú me crees?

Jairo levantó el abrigo para meterse debajo con ella. Aunque dentro estaba oscuro y no podía verle la cara, sentía su presencia. Se acercó y, empezando por el rabillo del ojo, le besó las lágrimas hasta secarlas.

—Te creo a ti.

Isabella soltó un sollozo y rompió a llorar desconsoladamente.

Jairo sonrió con ternura y la abrazó de nuevo.

Isabella no supo cuánto tiempo lloró escondida bajo el abrigo, pero cuando por fin salió, una capa de escarcha plateada cubría el exterior. Miró al cielo y vio una luna redonda y resplandeciente.

Ya solo quedaban ella y Jairo. Los edificios abandonados ya no se transformaban en bestias devoradoras, ya no la perseguían ni abrían sus fauces para engullirla.

Todo era silencio y paz.

—Tengo que ir a salvarla —dijo Isabella, mirando a lo lejos.

Aunque Jairo no entendió sus palabras, le apretó la mano.

—De acuerdo.

Regresaron al mismo edificio, a la misma habitación. La luz del celular iluminó el pequeño cuarto oscuro.

La niña dibujada con gis en la pared seguía encogida, aterrorizada, pidiendo ayuda a gritos, pero nadie la escuchaba. Aquella bestia devoradora la había mantenido prisionera del miedo durante muchísimos años.

—Este cuarto era originalmente el lavadero. Después, Francisco puso una cama y lo convirtió en mi cuarto de castigo. Cada vez que cometía un error, no, cada vez que lo hacía enojar, me encerraba aquí. Me golpeaba, me insultaba e incluso…

Isabella hizo una pausa. —Incluso me obligaba a pagar sus deudas de juego con mi cuerpo.

En cuanto entraron, Isabella se aferró a Jairo y no lo soltó hasta que llegaron al dormitorio.

Él la depositó sobre la gran cama y un beso ardiente cayó sobre sus labios. Ella respondió con pasión, agarrándose con fuerza a su ropa.

Pero justo en ese momento, él se apartó y se levantó.

—¿A dónde vas? —preguntó ella, sujetándolo del brazo.

Jairo se dio la vuelta y vio que la mirada de Isabella temblaba, como si tuviera miedo de algo.

La rodeó con sus brazos y le dio otro beso. —Tienes algunos moretones en el cuerpo. Voy por una pomada para ponértela.

Isabella negó con la cabeza y se acurrucó de nuevo en su pecho.

—A menos que ya te dé asco.

***

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