Los puñetazos y patadas que caían sobre su cuerpo hicieron que Erick pasara del dolor al entumecimiento.
Sabía que estaba acabado. Y ahora que lo aceptaba, todavía sentía que no podía irse solo; tenía que arrastrar a Isabella con él.
Con dificultad, levantó la cabeza para mirar a lo lejos. Isabella estaba envuelta en los brazos de aquel hombre del abrigo negro, que la trataba con una ternura infinita, como si fuera un tesoro. Lo odió con todas sus fuerzas, apretando los dientes.
—Señor Crespo… ¡ella… ella se acostaba con su padrastro! ¡No es ninguna santa!
Gritó con todas sus fuerzas, a pesar de que los golpes se volvieron más brutales y de que empezó a escupir sangre. Tenía que hundirla con él, costara lo que costara.
—Es una cualquiera… muchos de nosotros nos la hemos tirado… ¡jajaja! ¡Usted, un hombre tan distinguido… y se casó con una mujer usada!
Al gritarlo, ya había un toque de locura en su voz.
—Hace mucho que está sucia… como un trapo mugroso tirado en una zanja…
Jairo abrazó a Isabella con más fuerza, tratando de que no escuchara, pero fue inútil.
—¡No es cierto, todo lo que dice es mentira! —se apresuró a aclararle, angustiada.
Jairo asintió de inmediato. —Tranquila, todo lo que dice es mentira, ¡no le voy a creer ni una sola palabra!
—No estoy sucia, no me he acostado con nadie, no…
—¡Te juro que te creo! —Jairo intentó abrazarla para demostrarle cuán firme era su confianza, pero ella no dejaba de justificarse, de explicar, cada vez más alterada, más desesperada.
Sin saber qué más hacer, Jairo la atrajo hacia él y la besó con fuerza. Cuando ella se calmó un poco, se quitó el abrigo y se lo puso sobre la cabeza.
—¡No mires!
Dicho esto, la soltó y caminó a grandes zancadas hacia Erick.
Justo cuando estaba a punto de llegar, Facundo se interpuso y le ofreció un cigarro.
—Es una cucaracha. No vale la pena que te ensucies los zapatos.
Jairo tomó el cigarro, le dio una calada profunda y, apartando a Facundo, se acercó a Erick. Justo cuando este, entre quejidos, lo miró y se dispuso a soltar más veneno, Jairo, con una mirada gélida, le apagó el cigarro directamente en la lengua.
—¡Ah! —Erick soltó un alarido de dolor.
—De verdad me equivoqué… perdóneme la vida…
Lloraba y suplicaba. Si pudiera moverse, se habría arrodillado ante ellos, rogando que le perdonaran su miserable existencia.
Jairo, asqueado, le pisó el pecho y aplastó con fuerza. Un chorro de sangre salió de la boca de Erick.
Quién sabe qué se le había roto o reventado por dentro, pero la herida era grave.
—¿Y todo eso que dijiste hace un momento?
—Estaba mintiendo… ni… ni una palabra era verdad…
—Más fuerte.
—¡Era mentira! ¡Todo lo que dije era mentira! —gritó Erick, con la boca llena de sangre.
Un destello de furia cruzó los ojos de Jairo, pero logró contenerse. Levantó la vista y asintió a Facundo.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...