Jairo llegó justo para presenciar esa escena. Corrió hacia ellas, ayudó primero a Isabella a levantarse, le susurró una disculpa y luego fue a socorrer a Marcela.
—Ya viniste una vez esta semana.
—Pero extrañaba a Lili, y Lili a mí.
—Mamá…
—¿Te lo pido como un favor, sí?
Jairo suspiró.
—No tienes que pedírmelo, solo avísame cuando vengas para que te acompañe.
—Jai, eres el mejor. Prometo que te haré caso.
Una vez de pie, Marcela se dirigió alegremente a la cocina.
Jairo la observó, con una expresión de profunda impotencia y dolor.
Isabella se acercó y le tomó la mano.
—¿Ha estado así durante los últimos veinte años?
—Los primeros dos años fueron así, pero después, con tratamiento, mejoró mucho. Solo se confundía de vez en cuando. Pero en el último año, su estado mental se ha deteriorado drásticamente.
—¿Pasó algo en particular este último año?
—No lo sé, y no ha querido decir nada.
Marcela, al parecer, no sabía cocinar. En un momento se le cayó una cuchara, al siguiente el aceite de la sartén se incendió. Cuando Jairo la vio tomar un cuchillo, corrió a la cocina.
Intentó tranquilizarla, pero Marcela se echó a llorar. No tuvo más remedio que quedarse con ella a cocinar.
Una vez lista la comida, la llevaron a la sala.
Marcela incluso le puso un plato y cubiertos a la Lili de la pantalla, como si esa imagen fuera real, como si Lili estuviera viva de nuevo.
Le servía comida en el plato con alegría, explicándole qué platillo había preparado ella y cuál su hermano. Le preguntaba si le gustaba, si estaba rico.
La inteligencia artificial era solo eso, una inteligencia artificial. Sus respuestas eran robóticas, sin calidez, y a veces ni siquiera tenían sentido. Pero Marcela parecía no notarlo; solo sonreía.
También le sirvió a Jairo y, como no comía, le llevó la comida a la boca.
La llamada base secreta estaba en un parque en las afueras del centro histórico, donde crecía un viejo y frondoso árbol.
Isabella trepó primero y, desde una de las ramas, le hizo señas a Jairo.
—¡Ándale, apúrate, o nos van a ver!
Bajo la insistencia de Isabella, Jairo miró a ambos lados y, al no ver a nadie, trepó también.
El gran árbol se dividía en dos ramas enormes. Isabella se recostó en una y le indicó a Jairo que se acostara en la otra.
—¡Mira!
Una vez acostados, ella señaló hacia el cielo.
Entre finales de otoño y principios de invierno, el cielo nocturno era de una claridad impecable.
Una luna creciente colgaba en el vasto mar de estrellas, brillando con intensidad.
La brisa era fresca pero no fría. Una respiración profunda se sentía como si limpiara cada célula del cuerpo.
No había nadie alrededor. Las luces de la ciudad se veían lejanas y el ruido se había desvanecido. Era como si hubieran entrado en otro mundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...