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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 349

Óscar llevaba una semana sin ir a clases, ni siquiera se había aparecido por la escuela. Lo increíble era que ni los maestros ni los alumnos se habían dado cuenta. Fue una de las señoras de la cafetería la que le comentó algo a Leandro.

—Oye, ¿y ese muchacho que siempre se viste con tantos colores? ¿Por qué no ha venido a comer estos días? ¿No andaba siempre pegado a ti?

El comentario de la señora hizo que Leandro cayera en la cuenta.

Como Óscar no tenía amigos en la escuela, desde que decidió que Leandro era su amigo, lo buscaba constantemente, al menos una vez al día, hasta el punto de ser molesto.

Pero ya llevaba varios días sin verlo.

Leandro fue de inmediato a la facultad de administración. Preguntó a profesores y compañeros, y nadie lo había visto en toda la semana.

Óscar no vivía en el campus, sino que rentaba un departamento.

Leandro, que sabía la clave, fue para allá. Al abrir la puerta, lo golpeó un olor agrio. Era una sopa instantánea a medio comer sobre la mesita de centro, ya en mal estado. El lugar era un desastre, era obvio que nadie había estado ahí en días.

Al no encontrar a Óscar en casa, Leandro llamó a Isabella.

Isabella, intuyendo que algo andaba mal, no lo pensó dos veces y condujo hasta allá.

Leandro ya había ordenado un poco, pero el departamento seguía hecho un caos. Era difícil imaginar cómo vivía Óscar en el día a día.

—Su maleta y su mochila están aquí, no parece que se haya fugado —analizó Leandro.

Si no se había fugado, ¿entonces qué?

—¿Le pasó algo en la escuela últimamente?

—Un compañero me dijo que un grupo de pandilleros de fuera de la escuela lo han estado molestando. La semana pasada hasta le pegaron. Le aconsejaron que lo reportara a la escuela o a la policía, pero no quiso.

Al escuchar eso, Isabella no pudo evitar pensar lo peor, pero mantuvo la calma. Fue a la recámara, con la intención de buscar alguna pista.

Su cuarto también era un desastre. Los libros estaban en el suelo en lugar del librero, y los zapatos en el librero en lugar del suelo. En la cama, el edredón y las almohadas estaban hechos un nudo.

Isabella empezó a ordenar mientras buscaba. Al recoger los libros del suelo, vio un papel debajo del escritorio.

Movió el escritorio para alcanzarlo. Tenía unas cuantas líneas escritas.

—¡Es sobre Óscar, él…!

—¡Que se muera!

—…

Marcela soltó un bufido de desprecio y colgó.

¡Que se muera!

¡Cómo podía una madre sentir tanto desprecio, tanto odio, por su propio hijo!

Óscar era inocente. No había hecho nada malo y, sin embargo, tenía que soportar ese castigo. ¡Qué solo y desesperado debía sentirse!

Isabella se recompuso y le pidió a Leandro que siguiera buscando por los alrededores. Ella, por su parte, condujo a toda velocidad hacia la vieja casona de los Crespo.

En la avenida arbolada, se topó con el carro de Jairo que salía. Sin pensarlo, atravesó su propio carro para bloquearle el paso.

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