La mansión Méndez era enorme, así que romper cosas se convirtió en un trabajo pesado. Pero a Isabella no le importaba el esfuerzo; destrozó todo lo que pudo, del comedor a la sala, del primer piso al segundo.
Como si eso no fuera suficiente para desahogarse, sacó vinagre balsámico de la cocina y manchó todas las paredes, tomó vino tinto de la cava para arruinar los sofás y, para rematar, trajo líquido para limpiar el baño y se lo arrojó a los Méndez.
—¡Está loca, completamente loca!
Los Méndez temblaban de rabia, pero como Julen no se movía, ellos tampoco se atrevieron a hacerlo.
Después de desahogarse, Isabella vio el retrato familiar que colgaba en la pared de la sala, tomó una silla y la lanzó contra él.
El estruendo fue ensordecedor.
El retrato cayó al suelo, hecho pedazos.
Contempló el resultado de su obra con cierta satisfacción y sacó su celular para tomar más fotos.
—Isabella, te haré pagar por lo que has hecho hoy —dijo Julen con voz gélida.
Isabella se encogió de hombros.
—Eso mismo les digo a ustedes. A todos y cada uno. No crean que se van a escapar. Esperen a que me encargue de ustedes, uno por uno.
Dicho esto, Isabella soltó un largo suspiro y se dirigió a la salida.
—¡Señorita Quintero! ¡Señorita Quintero!
Rafael corrió tras ella.
—Lo siento, de verdad lo siento mucho. ¡No imaginé que las cosas terminarían así!
Isabella lo miró. Vio que él había intentado protegerla, detenerlos, pero no tuvo la fuerza suficiente. Igual que años atrás, cuando no pudo proteger a su madre.
Si a ella, con su carácter y con el respaldo de ser la señora Crespo, la habían tratado de esa manera, no podía ni imaginar las humillaciones que debió sufrir su madre, huérfana y sin nadie que la apoyara.
—No los perdonaré —dijo Isabella con frialdad.
—Señorita Quintero, vénguese como quiera, pero que sea conmigo. ¡Yo puedo soportar toda su furia!
—No me vengaré de usted, siempre y cuando no se interponga.
—Señorita Quintero…
—¿Que mi esposa destrozó su casa?
—¿Y que también golpeó a Adriana?
—Tendrá que haber una razón, ¿no?
Isabella supo de inmediato que era Julen quien llamaba. Quería acusarla antes de que ella llegara a casa para echarle toda la culpa.
Soltó un bufido de indignación y se acercó a grandes pasos hasta quedar frente a Jairo.
Jairo, que estaba sentado con las piernas cruzadas, las separó al verla y la atrajo hacia su regazo. Pero al hacerlo, rozó una de las heridas de su brazo, y ella soltó un quejido de dolor.
Jairo lo notó al instante. Levantó la vista y vio la marca de la bofetada en su mejilla. Su mirada se endureció de inmediato. Luego, le subió la manga y vio los moretones que el cinturón había dejado en su brazo. Al buscar más, encontró varias marcas más.
Su expresión se tornó sombría, y sus ojos reflejaban una furia contenida.
—¿Usted golpeó a mi esposa? —preguntó con una voz gélida.
—Ella golpeó primero a Adriana. Aunque me dolió, por respeto a la familia Crespo y considerando que es joven, no le di importancia. Pero ella, en lugar de calmarse, empezó a destrozar nuestra casa. Ya viste las fotos que te mandé. Ni que hubiera sido un ajuste de cuentas. Traté de razonar con ella, pero no me escuchó. Fue entonces cuando, en un arrebato de ira, le pegué. Pero fue solo para enseñarle modales, no fui demasiado duro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...