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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 404

Al estar tan cerca, Isabella escuchó perfectamente las palabras de Julen al otro lado de la línea.

Tal como esperaba, estaba tergiversando los hechos. Resopló, enfadada.

Julen, que claramente la oyó, continuó:

—Jairo, ¿cómo pudiste casarte con una mujer tan maleducada? Esto dejará en ridículo a la familia Crespo en todo Nublario. Si le enseño un poco de disciplina, también es por el bien de tu familia…

—¿Golpea a mi esposa y dice que es por el bien de mi familia? —Jairo entrecerró los ojos.

—Nuestras familias han sido amigas por generaciones…

—Le pagaré cada centavo por lo que rompió en su casa.

Julen soltó una carcajada.

—No hace falta que pagues. Con que le des una buena lección a tu esposa para que no vuelva a…

—Yo puedo reponer su dinero, pero ¿cómo piensa reponer usted los golpes que recibió mi esposa?

—¿Eh?

Jairo apretó la mandíbula.

—No creerá que después de golpear a mi esposa, el asunto quedará así de fácil, ¿o sí?

—¡Jairo, no te pases de listo! ¡Soy tu mayor!

—Usted es un Méndez, yo soy un Crespo. ¿Qué clase de mayor es para mí?

—¡Tú!

—Le doy una hora. Traiga el objeto con el que golpeó a mi esposa. Cada golpe que le dio, se lo devolverá ella. Y el asunto quedará zanjado. Pero si en una hora no ha venido, entonces iré a buscarlo yo.

Tras decir esto, Jairo colgó.

Miró a Isabella, con el ceño fruncido y una ternura infinita en los ojos.

—¿No que sabías defenderte? ¿Cómo dejaste que te pegara?

Ante esa pregunta, los ojos de Isabella se enrojecieron.

—Eran todos contra mí…

Le aplicó un ungüento con cuidado, la abrazó y la besó tiernamente durante un largo rato.

—Ya pasó una hora —dijo él.

Isabella hizo un puchero.

—Julen no vendrá.

Primero, porque no creía que la familia Méndez fuera inferior a la Crespo. Segundo, porque estaba convencido de que Jairo no rompería relaciones con ellos por su culpa. Y tercero, porque, como se consideraba su mayor, no admitiría su error, y mucho menos se rebajaría a que ella le devolviera los golpes.

Si lo permitía, su reputación quedaría por los suelos.

Jairo sacó un conjunto de ropa del armario, la ayudó a vestirse y luego la guio hasta el carro.

Isabella observó a Jairo mientras conducía. Su rostro era una máscara de fría determinación, su mirada, implacable. Si ella fuera el objetivo de su ira, estaría muerta de miedo. Pero como era a quien él protegía, se sentía increíblemente satisfecha.

Ese era su esposo, y su esposo la estaba defendiendo.

Cuando llegaron a la mansión Méndez, las tres excavadoras que Jairo había ordenado ya estaban estacionadas afuera. Los Méndez bloqueaban la entrada, pálidos de terror.

No podían creer que Jairo realmente fuera a demoler la mansión de su familia.

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