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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 439

Aunque sus palabras sonaban desafiantes, Isabella tenía el presentimiento de que algo malo le había ocurrido a Jairo.

Llegó apresuradamente al hotel, donde Hernán ya la esperaba en la entrada.

Al verla, se acercó a toda prisa.

—Señora, el señor Crespo no le pidió que viniera. ¡Usted me engañó!

Isabella carraspeó.

—Estaba preocupada por él.

—El señor Crespo no está gravemente herido...

—¿Está herido?

Hernán se quedó sin palabras por un instante. A pesar de su doble maestría en Derecho y Administración, por primera vez se sintió un completo idiota, cayendo una y otra vez en las trampas de Isabella.

—Sé que es imposible pedirle que se vaya ahora, así que la llevaré arriba, pero debe seguir mis instrucciones.

—De acuerdo —aceptó Isabella sin dudar.

Subieron a la suite presidencial en el último piso. El pasillo estaba lleno de guardaespaldas y la puerta de la habitación estaba abierta, con enfermeras uniformadas entrando y saliendo. Cuando Isabella vio a una de ellas salir con ropa ensangrentada, sintió un vuelco en el corazón.

—¡Maldito infeliz, ¿acaso quieres morir?!

El grito fue seguido por un golpe sordo y el estrépito de algo, como un vaso de cristal, que primero chocaba contra un objeto y luego se hacía añicos en el suelo.

Quien había gritado no era Jairo, sino Facundo.

Hernán le hizo una seña a Isabella para que guardara silencio. Aprovechando el ir y venir de las enfermeras, la hizo entrar y, sin darle tiempo a mirar hacia el salón, la empujó dentro del vestidor.

Desde allí, a través de la rendija de la puerta, pudo ver a Jairo sentado en un sofá de cuero negro. Estaba sin camisa mientras un médico le suturaba una herida.

Luciano, aterrorizado, imploró a Jairo.

—¡Señor Crespo, perdóneme la vida! ¡Le juro que aprendí la lección!

En ese momento, el médico terminó de suturar la herida de Jairo. Le dio las gracias con un gesto y luego, con un leve movimiento de su dedo, todo el personal ajeno a la situación se retiró y la puerta se cerró desde afuera.

Jairo se inclinó hacia adelante. Ese simple movimiento hizo que la mirada de Luciano se llenara de pánico.

—Señor Crespo, de verdad fui engañado.

Pero Jairo pareció solo querer jugar con él. Esbozó una media sonrisa, se recostó en el sofá y le pidió un cigarro a Facundo. Antes de que pudiera decir nada, Luciano se apresuró a encendérselo con un mechero.

Jairo dio varias caladas, como si apenas estuviera recuperando la calma.

—Contrataste un camión de carga para que me arrollara... ¿Temías que no fuera suficiente para matarme, o qué?

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