Sus palabras, aunque dichas en tono de broma, hicieron que Luciano cayera de rodillas otra vez, aterrorizado.
—Señor Crespo…
—¿Así que dices que fue mi tío el que te engañó?
—Yo…
—Te estoy dando otra oportunidad, no seas tonto y desaprovéchala.
El sudor frío se le mezclaba con la sangre que le cubría el rostro. De reojo, Luciano vio a un guardaespaldas acercarse a su lado, desvelando el cuchillo que llevaba en la mano.
El filo de la hoja brillaba con una luz que helaba la sangre.
En ese momento, se arrepentía hasta el alma. ¿Cómo pudo dejarse seducir por las promesas de Leonardo y atreverse a ir contra Jairo sin medir las consecuencias?
Era Jairo, nada más y nada menos.
Todos decían que el diablo de Nublario era Facundo, pero la verdad es que el diablo tenía un socio, y este era todavía más despiadado.
Jairo no parecía tener prisa. Mientras fumaba, se puso la camisa e incluso tuvo el ánimo de preguntarle a Facundo en qué estaba pensando justo cuando el tráiler se les vino encima.
—¿En qué pensaba? —preguntó Facundo.
Jairo dio una calada profunda al cigarro. No respondió, pero negó con la cabeza y sonrió.
Cuando terminó el cigarro, volvió a mirar a Luciano, entrecerrando los ojos. Le lanzó la colilla a la frente.
—Te di una oportunidad, ¿recuerdas?
—…
—Esa vez, solo ordené que te hicieran una pequeña cirugía. Nada grave, solo que ya no podrías volver a funcionar como hombre.
Al oír eso, Isabella abrió los ojos como platos.
Recordaba que Luciano, instigado por Carolina Flores y Gabriel Ibáñez, había intentado drogarla para abusar de ella. Por suerte, no le pasó nada y, de hecho, le dio una buena lección. Más tarde, Jairo se enteró, pero ella pensó que solo lo había advertido. Jamás imaginó algo así.
Lo había… castrado.
Con razón, cuando fue a buscarlo para pedirle ayuda, Luciano se había mostrado tan sumiso.
—Dime, ¿crees que esta vez debería pedir que te hagan una cirugía mayor?
—Señor Crespo…
—No es que no tengas cerebro, es que lo tienes dañado. Y si está dañado, pues lo mejor es abrirte la cabeza y sacarlo, ¿no te parece?
Luciano estaba tan asustado que las lágrimas le brotaron.
—Fue… fue Leonardo quien me lo ordenó…
Isabella no se dio cuenta de que se acercaba, seguía dándole vueltas a lo que Jairo y Facundo habían hablado.
«Así que es el primo de Jairo quien quiere hacerle daño. Eso significa que va a haber problemas en la familia Crespo».
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no vio cuando la puerta se abrió de golpe y le pegó justo en la frente.
—¡Ay!
El golpe le hizo ver estrellas y no pudo evitar soltar un grito de dolor.
Jairo tampoco se lo esperaba. Al ver que era ella, la atrajo rápidamente hacia sus brazos y le examinó la frente. Un enorme chichón ya se estaba formando.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, frunciendo el ceño.
Isabella se quejaba del dolor, pero cuando iba a explicarle, vio la herida en su abdomen y lo sostuvo de inmediato.
—¡Estás muy herido! ¡Deberías ir al hospital!
—Te salió un chichón enorme, ¿te duele?
—Estás sangrando mucho.
—Haré que vengan a curarte.
—¡Oye, lo mío es solo un golpe, lo tuyo es mucho más grave!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...