—En resumen, Jai, como tu tío y tu mayor, te exijo que te divorcies de esta mujer. Tú...
Leonardo no pudo terminar la frase. Su teléfono sonó.
Lo sacó y, al ver la pantalla, su rostro palideció.
—Disculpen, voy al baño.
Cuando intentó levantarse, Jairo lo fulminó con la mirada y tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Contesta aquí.
—Son asuntos de la empresa...
—¿Y qué tiene de inconveniente?
Leonardo apretó los labios. Quizás por miedo a delatarse, volvió a sentarse, cruzó las piernas y contestó la llamada con una calma fingida.
—Andrés, estoy cenando en casa. Si es urgente, te llamo más tarde.
Isabella se llevó una mano a la frente. ¿De verdad creía que nadie sabía quién lo estaba llamando?
—¡Papá, ayúdame! ¡El almacén se está incendiando y estoy encerrado, no puedo salir!
La voz de Víctor resonó desde el teléfono. Leonardo se quedó helado un segundo y luego se levantó de un salto. Como tenía las piernas cruzadas, tropezó con la pata de la mesa y volvió a caer en su silla, arrastrando el mantel consigo. Los platos y vasos que tenía delante se deslizaron y cayeron sobre su regazo.
En uno de los platos había sopa caliente que Belén acababa de servirle.
—¡Ay, quema! ¡Me quema! —gritó Leonardo instintivamente.
—¡Papá, el que se va a quemar soy yo! ¡Ayúdame!
Al oír los gritos desesperados de su hijo, Leonardo olvidó todo lo demás y se dispuso a salir corriendo.
—Aunque el tío se dé toda la prisa del mundo, para cuando llegue, la persona que está dentro ya estará hecha cenizas —comentó Jairo con una calma escalofriante.
Leonardo no era el hombre más listo del mundo, pero entendió perfectamente la indirecta.
—¡Fuiste tú! ¡Tú le prendiste fuego a mi hijo!
Jairo frunció el ceño.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...