Los tres miembros de la familia Méndez, tras superar el shock, la miraron con furia. Isabella se limitó a decir con indiferencia: —No me gusta.
Adriana apretó los dientes. —Si vas a hacer un escándalo, al menos busca el lugar adecuado. ¡Esta es mi casa! ¡Te exijo que te largues de inmediato y no vuelvas a poner un pie aquí!
Al oírla, la sonrisa de Isabella se ensanchó. —A esta casa entro cuando se me da la gana. Y tú no estás en posición de prohibírmelo.
—¡Ja! No creas que por tener sangre de los Méndez te vamos a aceptar en la familia. ¡Mientras yo no esté de acuerdo, ni lo sueñes! —gritó Adriana.
—¿Aceptarme en la familia? —Isabella chasqueó la lengua—. ¿Acaso los panteones de su familia son más lujosos que los de los demás? ¿Por qué querría unirme a ustedes?
—¡Entonces lárgate!
—Estoy en mi casa. La que debería largarse eres tú, ¿no crees?
Adriana apretó los puños, pero Ivana la detuvo, probablemente sabiendo que ni las tres juntas podrían contra Isabella.
—Señora Crespo, no queremos discutir con usted. Le pedimos que se retire de inmediato —dijo Ivana, adoptando una pose de dueña de la casa.
Isabella siguió ignorando a Ivana y señaló al segundo piso. —Quiero la habitación del ala este, la que tiene terraza y alberca. Aunque no vendré a vivir aquí, quiero que la dejen vacía para mí.
—¡Definitivamente estás loca! ¿Por qué demonios íbamos a guardarte una habitación en nuestra casa?
Adriana intentó jalar a Isabella, pero esta la empujó con un movimiento rápido.
—¡Tú… eres una insolente! —exclamó Ivana, ayudando a su hija a levantarse.
—Isabella, ¿ya terminaste con tu circo? —Julen, que había mantenido una expresión fría como si no quisiera rebajarse a su nivel, finalmente explotó.
—¡Fuera, lárgate ya! —gritó de nuevo.
—¡Los que se van a largar son ustedes! —le devolvió el grito Isabella.
Isabella era demasiado… demasiado arrogante, demasiado atrevida. Irrumpir sola en su casa, causar destrozos y encima golpearlos… ¡y atreverse a golpear a Julen! No solo era un mayor, sino una figura respetada en Nublario. Nadie se atrevería a tocarlo. Ni siquiera Jairo le faltaría al respeto de esa manera. Pero Isabella… ella realmente lo había golpeado. ¡Y con su propio cinturón!
Julen sintió que se le nublaba la vista por la rabia, a punto de desmayarse. —¡Tú… pequeña zorra!
Que un hombre que se jactaba de su refinamiento dijera algo así no ofendió a Isabella; al contrario, le pareció divertido y satisfactorio.
—¡Viejo decrépito! —replicó ella, sin quedarse atrás.
—Tú, tú, tú…
—¡Habla claro, vejestorio!
La cabeza de Julen dio un vuelco. Esta vez no pudo soportarlo y se desplomó en el suelo.
—¡Te voy a matar! —Ivana, olvidando toda compostura, bajó la cabeza y se abalanzó contra Isabella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...