Isabella esbozó una sonrisa torcida y la derribó de una patada.
—¡Ay, mi espalda! —chilló Ivana.
—¡Isabella! —Adriana, con los ojos inyectados en sangre por la furia, también intentó abalanzarse.
Isabella se puso en guardia y la retó con un gesto. —Adelante, ven.
—¡Adri, no te enfrentes a ella! ¡Sal y pide ayuda! —le gritó Julen.
Adriana recuperó un poco la cordura y se dispuso a salir a buscar a alguien, pero vio que Isabella no mostraba ni una pizca de miedo. Al contrario, se sentó tranquilamente en el sofá.
—Vayan, llamen a quien quieran. Al final, los que quedarán en ridículo no seré yo.
Adriana bufó. —¡Pues espérate y verás!
Estaba a punto de irse cuando Julen, de repente, cambió de opinión y la detuvo.
—Abuelo, ¿le tenemos miedo?
Julen no tenía miedo, pero acababa de recordar algo. —Tú… no habrás venido a reclamar esta casa, ¿verdad? Habíamos acordado que…
—Vaya, así que todavía te acuerdas. Pensé que la vejez te había hecho olvidarlo.
Julen le pidió a Adriana que lo ayudara a levantarse y se acercó a grandes zancadas a Isabella. —¡Acordamos que, aunque la casa estuviera a tu nombre, no podías echarnos mientras siguiéramos viviendo aquí!
Esa fue la condición que Isabella había aceptado para que él accediera a transferirle la propiedad. Él había pensado que los Méndez vivirían allí por generaciones, así que el título de propiedad de Isabella no sería más que un papel sin valor mientras ellos no se fueran.
—¿Qué? Abuelo, ¿le cediste la casa? —preguntó Adriana, estupefacta.
—Me obligó a hacerlo —dijo Julen con voz grave.
—¡Pero no podías dársela! ¡Es la casa ancestral de la familia Méndez, la que le corresponde a Adri! —Ivana olvidó su dolor de espalda y se acercó a toda prisa para saber qué estaba pasando.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...