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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 476

Sin embargo, Noelia le lanzó una mirada a Floriana.

—¿Sabes cantar?

—Hasta tengo un disco grabado —dijo Floriana con orgullo.

—¿Y qué es eso de un disco? Si sabes cantar, cántanos algo.

Floriana suspiró.

—Antes me pagaban por lo menos un millón de pesos por cantar una sola canción.

—¡Te preparo una pizza casera para el almuerzo!

—Con extra pepperoni, entonces.

Por una pizza, Floriana les cantó varias de sus canciones, pero acabaron quejándose de que eran muy ruidosas. Molesta, Floriana se dio la vuelta y decidió no dirigirles la palabra por el resto del día.

Mientras Floriana tenía tiempo de sobra, Isabella estaba muy ocupada.

Temprano por la mañana, apenas despierta, alguien la sacó a la fuerza de la cama.

Era la hija de una vecina, que lloraba desconsoladamente.

—Isabella, mi suegra quiere que me haga una prueba para ver si soy virgen antes de la boda. ¿Qué hago?

Isabella se frotó la frente. Desde que el año pasado defendió a una chica del acoso de un borracho camino a casa, mandando al tipo al hospital, se había ganado la fama de ser la salvadora de todas las jóvenes del pueblo.

Pero ella no quería ser ninguna salvadora, solo quería dormir hasta tarde.

—¡Isabella, buaaaa! —Vanesa rompió a llorar de nuevo.

Isabella suspiró.

—¿Entonces no lo eres?

Esa pregunta detuvo el llanto de Vanesa en seco, e incluso le provocó un hipo.

—Yo… yo…

—No pasa nada si no lo eres. No es el fin del mundo.

Vanesa sollozó una vez más antes de asentir tímidamente.

—Solo tienes que decírselo a tu novio. Si de verdad le importa tanto, entonces deberías pensar seriamente si quieres casarte con él.

—Pero ya casi nos vamos a registrar, y ambas familias tienen todo preparado para la boda.

—¿No está todo demasiado tranquilo?

Al oír eso, ambas se miraron.

¡Claro! ¡No habían visto a esos dos pequeños demonios en toda la mañana!

—¡Ya está, seguro que andan haciendo de las suyas!

Sin pensarlo dos veces, dejaron la comida y salieron a toda prisa a buscarlos.

—¿Carlota y Samuel? ¡Ay, qué niños tan considerados! Dijeron que como ustedes todavía dormían, fueron a la calle de allá al este a comprarles el desayuno.

—Son unos niños maravillosos. Y ustedes siempre regañándolos. Si fueran mis nietos, me la pasaría sonriendo hasta en sueños.

—¡Adoro a esos dos! El otro día, vieron que me dolía la pierna por el reumatismo y me costaba caminar, y hasta me trajeron una rama para que la usara de bastón.

En medio de tantos elogios, las dos mujeres, con un sudor frío recorriéndoles la espalda, se adentraron en el pueblo para buscarlos.

A esos dos les encantaba hacerse los angelitos con los mayores para ganarse sus halagos, pero en realidad, eran un par de diablillos llenos de mañas.

Lo de comprarles el desayuno era pura pantalla, seguro que estaban tramando alguna travesura.

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