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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 485

¡Cómo no iba a reconocerla!

¡Gabriel Ibáñez!

¡Era él!

—¿Ya saliste? —preguntó ella, enarcando una ceja.

—Sí, hace más de un año. Quería ponerme al día contigo, mi vieja amiga, pero parecía que te habías esfumado. No te encontraba por ningún lado —dijo él con una risa ligera, pero con un matiz siniestro.

—Gabriel, sabes que no me gustan los rodeos. Ve al grano, ¿qué es lo que quieres?

—La verdad es que no sabía que tú eras la responsable de ese proyecto.

—¿Ah, no? —«¡Ni el diablo te creería!».

—¿No me crees?

—¡Ni una palabra!

—Bella, admito que te mentí en el pasado…

—¡No me hables del pasado!

—Está bien, de acuerdo, ¡todo fue mi culpa! Yo me encargo de esto, puedes irte.

—Ciertamente, ya no tiene caso que negocie con ellos.

Solo necesitaba hablar con él.

Isabella le devolvió el teléfono a Aitor. Él asintió un par de veces y colgó.

—Nuestro jefe dice que puedes irte.

Isabella respiró hondo. Antes había pensado que podría tratarse de un malentendido, pero ahora estaba segura de que todo era una trampa que Gabriel le había tendido.

—Entonces, ¿el dueño de Constructora Edifica es Gabriel? —le preguntó a Aitor.

Aitor asintió y luego negó con la cabeza.

—El dueño es otra persona, no lo conozco. Pero de todo lo relacionado con la obra se encarga el señor Ibáñez.

Al salir del hospital, Isabella fue primero al cementerio a visitar a sus padres y luego se dirigió a casa de su hermano.

Cuando salió del pueblo, su plan original era resolver este asunto lo más rápido posible y regresar. Pero, dado que era una trampa de Gabriel, sabía que no sería fácil y que le llevaría tiempo.

Le explicó la situación a Floriana y le pidió que cuidara de Samuel.

Isabella levantó su copa y brindó con su hermano.

—Además, si al final no funciona, tampoco es el fin del mundo.

—No tengo suficiente antigüedad en la empresa, y por ser joven, algunos piensan que entré por palancas. Quiero demostrarles lo que valgo.

—Yo y… él ya nos divorciamos. Él ya ni siquiera podría ser tu palanca.

Leandro sonrió.

—El señor Crespo siempre me ha apoyado mucho.

—Es porque valora tu talento.

—¿No me digas que ya tienes a otro hombre?

—¡Claro que no! Pero, aunque lo tuviera, ¡no tendría nada de malo!

Justo cuando Leandro iba a responder, sonó su celular.

Al ver quién llamaba, se quedó un poco perplejo y miró a Isabella. Ella no le dio importancia y siguió comiendo.

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