Víctor dijo que tenía sed. Floriana le sirvió un poco de agua caliente, pero cuando le acercó la cuchara para darle, él se puso delicado.
—Me da miedo quemarme, sóplale con la boca.
—No te vas a morir por lo caliente.
—Si no le soplas, no tomo.
Floriana no le siguió el juego y puso el tazón a un lado directamente.
—Pues quédate con sed.
Víctor parecía tener sed de verdad y tosió secamente varias veces. Floriana tampoco iba a ponerse a pelear en serio con un enfermo, especialmente cuando Víctor la había salvado, así que volvió a tomar el tazón y le dio un par de tragos casi a la fuerza.
Víctor suspiró.
—Si no planeas pagarme con tu cuerpo, mejor vete a tu casa. Me da miedo que si me cuidas un par de días más, acabes con mi vida.
Floriana le dijo que cerrara los ojos y siguiera durmiendo.
—Isabella está cuidando a Carlota.
—No la mencioné a ella.
—Así que no tienes de qué preocuparte.
Víctor hizo una mueca.
—Lo dices como si yo fuera muy noble. ¡Qué chingados!… cof, cof… Estaba borracho en ese momento, si no, ni de loco hago eso de sacrificarme por ustedes. Ahora me arrepiento, yo…
—Ya cállate.
Floriana no quería seguir discutiendo con Víctor, así que salió de la habitación con la intención de ir al supermercado fuera del hospital para comprarle algunos artículos de uso diario. El médico dijo que tendría que estar internado al menos quince días, y como ella no tenía mucho trabajo esos días, podía quedarse a cuidarlo.
Acababa de bajar del edificio de hospitalización cuando Facundo apareció de la nada, apestando a alcohol.
Al verlo, Floriana se puso en guardia de inmediato.
—¿Qué quieres?
Facundo vio la cautela en los ojos de Floriana y sintió un dolor agudo en el pecho. ¿Tan peligroso era ante sus ojos? ¿Por qué lo miraba así?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...