¿Vieja?
Floriana se llevó la mano al pecho. Que le dijeran que ya estaba grande, pase, ¡pero que la llamaran vieja!
Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, Víctor se quitó a la mujer de encima de un empujón.
—¿Cuál nueva conquista ni qué nada? ¿Por qué hablas así, qué asco? Y a todo esto, ¿tú quién eres?
La mujer se quedó pasmada.
—Antier en la noche me llevaste a tu casa, me decías "muñequita" a cada rato para llevarme a la cama, ¿y ahora resulta que no me conoces?
—¡Que quién eres, carajo!
—¡Tú! —La mujer se puso verde del coraje, ya no pudo seguir fingiendo la vocecita dulce—. ¡Eres un patán! ¡Púdrete!
Después de gritarle, salió echa una furia, y al pasar junto a Floriana, le echó una mirada de odio.
Floriana, sin palabras, se acercó a Víctor y le dio un puntapié.
—Mira, no me meto en tu vida privada, ¡pero te prohíbo terminantemente que vuelvas a traer a estas mujeres a la casa!
Víctor intentó justificarse por inercia:
—En el antro ni la pelé. Se me pegó y me siguió hasta la puerta, y yo...
Se detuvo en seco. Se dio cuenta de que no tenía por qué darle explicaciones a Floriana. Solo habían firmado un papel, ¿por qué sentía de pronto esa obligación de portarse bien? Qué miedo.
—Ejem... pues ya estaba aquí, regalada, y tonto el que no aprovecha. Pero... no sabes. Se veía muy acá, muy sensual y todo, pero a la hora de la hora gritaba como gata atropellada. Me dio tal susto que ahí murió el asunto. Todavía tengo trauma.
Floriana soltó un bufido.
—¡Te lo mereces!
Terminaron de limpiar la casa y se llegó la hora de ir por Carlota a la escuela.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...