En cuanto Floriana dio las instrucciones y se fue a toda prisa, Víctor se quedó pasmado un momento, pensando que ella confiaba demasiado en él.
—Víctor, tengo hambre. ¿Qué vamos a cenar hoy? —preguntó Carlota sobandose la panza.
Víctor parpadeó confundido. Por lo general, a esta hora él seguía durmiendo; no se despertaba hasta las ocho o nueve de la noche, para ir directo a algún bar o antro a beber, ligarse a alguna mujer, llevarla al hotel, batallar hasta el amanecer y luego dormir todo el día siguiente.
Así había pasado los últimos diez años. Incluso después de que él mismo se metió el pie al hacerse cargo de Grupo Crespo, seguía yendo a la oficina de día y de parranda por la noche, por lo que siempre llegaba tarde, se iba temprano, se distraía en las juntas y se quedaba dormido trabajando.
Pero en ese instante se dio cuenta de golpe: si iba a asumir la responsabilidad de cuidar a Carlota, tendría que comer y dormir a horas decentes.
—Nunca he usado la cocina de la casa y tampoco sé cocinar, así que mejor comemos fuera —dijo Víctor tras pensarlo un poco.
Carlota hizo un puchero.
—Pero mamá dice que la comida de la calle no es limpia y que debo tratar de comer en casa.
—Lo que dice tu mamá no siempre es la verdad absoluta. Mírame a mí, como en la calle todos los días y no me he enfermado, ¿verdad?
—¿En serio?
—Claro. —Víctor miró a su alrededor y vio un local de comida rápida no muy lejos—. Vamos a cenar hamburguesas.
—Pero mamá...
—Mientras tú no digas nada y yo tampoco, tu mamá no se va a enterar.
Sin hacer caso a las dudas de Carlota, Víctor caminó a grandes zancadas hacia el local de hamburguesas. Carlota tragó saliva, y sin oponer más resistencia, corrió para alcanzarlo.
Después de comer pollo frito y hamburguesas, a Víctor le entró la cosquilla de la fiesta y, sin pensarlo mucho, llevó a Carlota a dar una vuelta por un bar. Sin embargo, adentro había un espectáculo no apto para menores, así que Víctor, con los ojos brillándole de ganas pero resignado, tuvo que sacar a Carlota de ahí.
Cuando regresaron a casa ya eran más de las diez de la noche. Fue entonces cuando recordaron que no habían hecho la tarea.
—Pues ya no la hagas. Los niños solo tienen que preocuparse por comer, beber y jugar. ¿Qué es eso de hacer tarea?
—¡No! ¡Tengo que hacerla!
—Que no, ¡a dormir!
—Buaaa... Los niños que no hacen la tarea son niños malos... Yo no quiero ser una niña mala...

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...