El taxista miró por el retrovisor a Floriana, que llevaba cubrebocas, y a la niña sentada a su lado, y les advirtió amablemente:
—Este lugar es muy bravo. Mejor no se queden mucho tiempo; encuentren a quien busquen y váyanse rápido. Y tómele una foto a mi número; si no encuentra transporte, llámeme.
Floriana le dio las gracias al conductor y se bajó frente a un edificio de aspecto ruinoso.
—Mamá, ¿de verdad está aquí el señor Crespo?
Floriana asintió. Antes de colgar, la mujer había gritado el nombre de Víctor y él había respondido, por eso se había atrevido a traer a Carlota.
Comparado con los edificios vecinos, que estaban totalmente oscuros, este tenía luces de colores encendidas en los pisos intermedios. Justo cuando iba a entrar con Carlota, una pareja salió del interior.
Ambos estaban visiblemente borrachos. La mujer iba colgada del hombre, y él caminaba dando tumbos.
Al pasar junto a Floriana, el hombre se le quedó mirando.
—Vaya, ¿de qué casa se escapó esta mujer decente para venir a buscar macho aquí? Últimamente se me antojan de esas.
—Ay, qué odioso, yo también era una «mujer decente» antes.
—Tú ya sabes menear el trasero para pescar clientes, ¿cuál mujer decente? No insultes esas palabras.
La pareja se alejó entre risas y groserías. Floriana dudó un momento; ya no quería entrar.
En ese instante, Víctor le mandó un mensaje.
«¿Llegaste? ¿No te atreves a subir?»
Era obvio que quien escribía era esa mujer. Floriana vaciló un segundo, pero al final tomó a Carlota de la mano y subió.
Al llegar al quinto piso, Floriana descubrió que dentro del edificio se ocultaba un antro nocturno. Para estar tan escondido, era evidente que no era un lugar muy legal.
La puerta del antro estaba abierta, pero había guardias de seguridad vigilando.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...