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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 855

Carlota era un angelito. Cuando Víctor se lo mencionó a Martina, ella pensó que la niña le había dado toloache y lo había dejado mal de la cabeza, pero ahora sentía que ella también estaba perdiendo la razón.

—Mi vida, ¿por qué eres tan linda?

—Señorita, tenga cuidado al comer al rato, no se vaya a morder el arete del labio, le va a doler.

En ese momento, Martina entendió esa sensación de redención que había hecho que Víctor quisiera enderezar el camino.

Hasta a ella le dieron ganas de cambiar.

Víctor había reservado en un restaurante occidental muy exclusivo; debido a su privacidad, a muchos ricos y famosos les gustaba ir allí.

Sin embargo, apenas entraron al elevador, Martina se quedó pasmada por el lujo, y más aún cuando salieron y se toparon con un vestíbulo deslumbrante, unas pesadas puertas doradas y, al abrirlas, un candelabro de cristal gigante y resplandeciente.

Se escuchaba una suave melodía de violín. Los comensales no iban vestidos de gala exagerada, pero destilaban un lujo discreto. En cambio, al verse a sí misma con su vestido de diez pesos, la chamarra de cuero arrugada, el pelo alborotado color amarillo huevo y la joyería barata...

Ni ella misma se aguantaba la vista.

—¿Tienen reservación?

La mesera se acercó a preguntar, barriendo a Martina con la mirada, como si quisiera decir algo.

Víctor confirmó la reserva, pero la mesera dudó y no se movió.

—¿Pasa algo? —preguntó Víctor arqueando una ceja.

—Nuestro restaurante tiene cierto código de vestimenta. Esta señorita... —La mesera buscó palabras adecuadas en su mente, y después de pensarlo mucho, dijo—: ¿Esta señorita viene con usted?

Si el caballero también sentía vergüenza, entendería su dilema.

Pero Víctor no era tan comprensivo. Dijo:

—Por supuesto.

—Pero nosotros... es que, qué pena.

—Señor, por favor no me comprometa.

—¿Acaso su restaurante es el Palacio Nacional? ¿Vamos a ver al presidente o a la reina de Inglaterra? No es más que un lugar donde venden comida, ¿y todavía se ponen a controlar qué ropa traen los clientes?

Al ver que Víctor estaba a punto de armar un escándalo, Floriana se apresuró a detenerlo.

Si seguía gritando así, solo haría que Martina fuera el hazmerreír de todos, y de hecho, varios comensales ya estaban volteando a verlos.

—¡Mejor vamos a otro lado! —dijo Floriana.

Víctor no tenía miedo de pelearse, siempre había sido un descarado, pero al ver que Martina se veía mal, se tragó lo que iba a decir.

—¡A este pinche restaurante no vuelvo a venir en mi vida!

Después de soltar la maldición, Víctor jaló a Martina para irse.

Pero en ese momento, un hombre de mediana edad que parecía ser el gerente salió corriendo. Al ver a Víctor, se apresuró a hacer una reverencia y sonreírle.

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