Antes no la trataba así, jamás lo había hecho.
Siempre se refería a ella con cariño, le decía cosas muy lindas. Sobre todo cuando estaba en el extranjero, Alicia le marcaba casi a diario para decirle que la extrañaba y que ojalá regresara pronto.
¿Acaso todo fue fingido?
Pero, ¿cómo alguien podía actuar tanto tiempo sin equivocarse ni una vez? Era imposible, seguro había un malentendido.
—Alguien me dijo que la familia Quintero jamás le pidió dote a nuestra familia. ¿Me mentiste para quedarte con mi departamento? ¿Es verdad? —preguntó Martina tras respirar profundo.
La mirada de Alicia delató culpa al instante. Volteó a ver instintivamente a Elsa, y al verla fruncir el ceño, adivinó que ya le había contado la verdad.
—La familia Quintero no la pidió, pero si no llevo nada al matrimonio, ¡de todos modos me van a hacer menos! Ese departamento tuyo no vale casi nada, para ser honesta. ¡Solo sirve para poder decirle a la gente que mi familia me regaló una propiedad, es por pura apariencia!
—Entonces, ¿me vas a regresar el departamento?
—Si ya es mi regalo de bodas, ¡por qué te lo iba a regresar! —dijo Alicia, frunciendo el ceño con soberbia.
—¡Entonces sí me engañaste!
—¡Ay, por favor! ¡Solo es un departamento mugriento!
—¡Pues regrésamelo!
Le gritó Martina a Alicia. Sin embargo, al instante siguiente, alguien le agarró el brazo con fuerza y le soltó una cachetada durísima.
El sonido del golpe resonó en el pasillo.
Martina perdió el equilibrio y chocó de lleno contra la pared. Sintió el sabor a sangre en la boca.
—Te mantuvimos todos estos años, ¿y qué tiene de malo que nos quedemos con tu departamento? ¡No tienes por qué armar un berrinche! —le gritó Rubén con una mirada furiosa.
Martina intentó decir algo, pero un hilo de sangre le escurrió por la comisura de los labios.
Le ardía la cara, pero el dolor físico no se comparaba con la punzada en su corazón.
Se apoyó con trabajo para ponerse de pie. Al ver a Alicia, solo encontró burla en su rostro.
—Mis papás te criaron, es tu obligación ganar dinero para ayudar a la familia a salir de sus problemas. Pero nosotros no te pedimos que consiguieras dinero de esa forma tan cochina. A fin de cuentas fuiste tú quien se rebajó de esa manera, así que no nos eches la culpa.
—Y te advierto una cosa: no vuelvas a pararte enfrente de Romeo. Si dejo que te vea de nuevo, ¡te vas a arrepentir!
—Olvídate del departamento. Ya está a mi nombre y ni loca te lo voy a devolver. Y de lo que dijo mamá sobre comprarte uno nuevo después... yo no estoy de acuerdo, y si yo digo que no, ¡pues te quedas sin nada!
—Antes no me tratabas así... —dijo Martina apretando los dientes.
—¡Pues obvio! Antes me mantenías, claro que te iba a tratar bien. Pero ahora, no me sirves para nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...