Quería ganarse a la directiva y terminó haciendo el ridículo. Ahora, no le quedaba más que dedicarse a corregir el diseño, con la esperanza de que la próxima vez se lo aprobaran.
Por la tarde, Isabella salió a prepararse un café para despejarse.
Cuando regresaba a su estudio con la taza en la mano, vio a Otilia adentro, mirando sus borradores de diseño.
—¡Suelta eso! —le ordenó con dureza.
En otras ocasiones, podía jugar un poco con ellos, pero con el trabajo era muy seria.
Otilia, sorprendida por su tono, hizo una mueca y dejó los papeles.
—He visto que llevas dos días encerrada en el estudio. ¿Estás trabajando en esto? Pero, ¿no que no tenías trabajo? ¿Acaso entraste a otra empresa?
—No es asunto tuyo.
—Bella, sé que hemos tenido malentendidos, pero yo todavía te considero mi mejor amiga. No deberías hablarme así ni ocultarme que estás trabajando.
—No tengo tiempo para ti ahora. Por favor, sal.
—Bella…
—¿Se te olvida que esta es mi casa? ¿Quieres que te eche?
Sus palabras fueron tan duras que Otilia soltó un resoplido de indignación y se fue.
Isabella suspiró, tratando de sacar de su mente a Otilia y todas esas tonterías para volver a concentrarse en su propuesta.
Esa noche también se quedó dormida en el estudio. Ya de por sí no había dormido bien, y para colmo, una llamada la despertó temprano.
—Isabella, soy yo.
Isabella miró la pantalla del celular. Era una colega con la que se llevaba bastante bien.
—¿Te despidieron del Grupo Triunfo? ¿Por filtrar una propuesta a la competencia?
Irrumpió en el comedor, donde toda la familia, incluida Otilia, estaba desayunando.
—¿Por qué me están difamando y vetando en la industria? —preguntó, con la voz cargada de ira.
—Te vetamos porque se nos dio la gana, ¿necesitas otra razón? —respondió Diana primero.
—Todo lo que sabes lo aprendiste en el Grupo Triunfo. Si no vas a usarlo para nuestro beneficio, tampoco puedes usarlo para el de otros. Sería perjudicial para nuestros intereses, ¡así que vetarte es lo correcto! —continuó Raúl.
—Bella, el Grupo Triunfo te formó. Si fueras más considerada, no deberías irte a trabajar a otra parte —dijo Otilia con un suspiro.
—¡Ja! ¡Deberías dejar de trabajar y dedicarte a cuidar a tus suegros y a tu marido! ¡Eso es lo que te corresponde! —espetó Gabriel con frialdad.
Isabella sonrió con amargura. La engañaron para casarse, se burlaron de ella, le robaron su proyecto, la despidieron, la echaron de su casa y ahora la vetaban. Paso a paso, la estaban empujando al abismo.
—Antes fuimos demasiado buenos contigo, por eso te volviste tan malagradecida. ¡Ahora, aunque te arrodilles y nos supliques, ni se te ocurra pensar que volverás a esta casa! Mi hijo ya no te quiere, ¡la familia Ibáñez ya no te quiere! Y si insistes en preguntar por qué, te lo diré: ¡la culpa la tienes tú, por no poder darnos un nieto!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...