Noelia apartó la mirada en silencio y se dirigió hacia el vestidor.
Raúl se levantó de inmediato.
—Tienes que seguir usando la crema para las cicatrices —le recordó con tono serio.
Al ver que Noelia se detenía, Raúl se acercó y la tomó de la mano para que se sentara junto a él en la cama.
Con delicadeza, Raúl tomó la bata que Noelia llevaba puesta y comenzó a bajarla. Noelia, de forma instintiva, apretó el cuello de su prenda, como si se protegiera de algo.
Raúl detuvo sus movimientos, y su mirada se volvió sombría.
Desde aquella vez en que perdió el control y la trató de esa manera, cada vez que él intentaba acercarse o tocarla, Noelia reaccionaba de inmediato, poniéndose a la defensiva.
Raúl contuvo sus emociones, respiró hondo varias veces, luchando por mantenerse sereno.
Con voz contenida, le dijo:
—Déjame ponerte la crema.
Noelia, poco a poco, fue relajándose. Soltó el cuello de su pijama y se cubrió el pecho con la sábana, dándole una última barrera de protección.
Raúl, con movimientos lentos y cuidadosos, le bajó un poco la pijama. En la piel clara de Noelia se podían ver varias marcas de látigo, perfectamente visibles.
Aunque ya estaban cicatrizando, esas marcas seguían siendo difíciles de ignorar.
Raúl se movía con suma delicadeza, temeroso de lastimarla aún más.
Intentó romper el silencio, tanteando el terreno:
—Lo de hoy en el hospital...
—En la tarde tengo que ir a casa de mis papás, así que apúrate —lo interrumpió Noelia, sin mirarlo.
Ella nunca lograba salir bien librada en las conversaciones con Raúl. Lo mejor que podía hacer era evitar responderle cuando él intentaba tantearla.
...
Cuando ya caía la tarde, Raúl llevó a Noelia de regreso con la familia Barrios, y después se dirigió al conjunto donde vivía Elvira.
Elvira, al ver que quien entraba era Raúl, se emocionó tanto que salió a recibirlo de inmediato.
—Raúl, ¿qué haces aquí?
Al ver que Raúl la miraba con sospecha, Elvira rompió en llanto y hasta juró:
—Tú sabes bien de dónde vengo, Raúl. Mi familia no tiene nada, ya me casé una vez, perdí un embarazo, tuve un hijo... Aunque me mates, ni siquiera me atrevería a pensar en lo de hace seis años.
El rostro de Raúl no mostraba piedad alguna. La atmósfera alrededor se volvía cada vez más pesada.
Elvira, con las piernas temblorosas, terminó cayendo de rodillas.
—Te lo juro, solo quiero agradarle a tu esposa, no quiero que tu familia me haga nada, ¡no hice nada malo!
Raúl seguía sin moverse, impasible.
Elvira, desesperada, levantó la mano al cielo:
—Raúl, te juro por mi propio hijo: si alguna vez tengo malas intenciones contigo, que mi niño no tenga paz ni descanso.
Raúl aflojó la presión poco a poco, hasta soltarla del todo. Elvira, aterrada, se arrastró para alejarse de él.
En el fondo, si no fuera porque necesitaba recordarle a Raúl, una y otra vez, que ella había sufrido por él durante seis años, y así mantenerlo atado a la culpa...
…ya habría terminado con ese niño hace mucho.

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