Cada vez que Noelia le sonreía, la distancia y la indiferencia en su mirada eran tan claras como el agua.
Al parecer, ella ya había decidido dejar todo a la deriva, sin intención alguna de vivir de verdad a su lado.
Cuando el cigarro se consumió por completo, Raúl lo tiró al suelo y lo pisó sin siquiera mirar.
Sacó su celular y le mandó un mensaje a Noelia. Después, sin perder tiempo, caminó hasta su carro y se fue.
...
Noelia y Baltazar Alarcón acababan de llegar al piso de la clínica cuando el celular de Noelia vibró.
[Raúl: Hoy en la noche paso por ti al salir del trabajo.]
Noelia, sin que se notara nada en su expresión, apagó el celular y lo guardó en su bolsillo.
En ese momento, varios médicos y enfermeros con bata blanca se acercaron a recibirlos.
Baltazar se tomó el tiempo de presentarle a todos y, al final, la condujo hasta la oficina que habían preparado para ella.
Noelia echó un vistazo al lugar: tenía una pequeña sala de reuniones, un espacio para preparar bebidas, un escritorio amplio y hasta una sala de descanso.
Noelia no pudo evitar sentirse un poco incómoda.
—Baltazar, ¿no crees que esta oficina es demasiado lujosa para mí?
Baltazar sonrió, tocó el gato de la suerte que adornaba el escritorio y le respondió:
—Noelia, tú no eres una empleada más del hospital de la familia Alarcón, eres nuestra socia. Tener una oficina privada y un consultorio solo para ti es imprescindible.
Baltazar marcó una extensión y, enseguida, una joven con bata blanca tocó la puerta y entró.
—Silvia será tu asistente de ahora en adelante —anunció Baltazar.
Noelia miró bien a la chica. Le resultaba familiar, aunque no lograba ubicarla del todo.
Lanzó una mirada interrogante a Baltazar, pero él solo le devolvió una sonrisa misteriosa.
Silvia se acercó a Noelia, se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído. Luego, apenada, se tocó la oreja.
Noelia no pudo evitar soltar una carcajada.
Miró a Baltazar con gratitud.
En su mente, repasó cómo Raúl había sido atento y considerado con ella los últimos días, pero sabía que no era por preocupación, ni porque fuera su esposa. Solo mantenía las apariencias, cuidando su imagen de esposo ejemplar ante los demás.
Lo que quería era que Noelia siguiera sirviéndole de escudo para ocultar sus propios secretos. Si algún día ella lo hacía enojar, él no dudaría en darle la espalda y hacerle pasar un mal rato.
Cuando por fin contestó, Noelia trató de sonar lo más conciliadora posible.
—Esta noche hay una cena con mis compañeros del departamento. Voy a llegar tarde.
Del otro lado, Raúl no respondió ni una sola palabra. Simplemente colgó.
Noelia se quedó mirando el celular con el ceño fruncido.
Justo cuando dudaba qué hacer, Raúl apareció frente a ella.
Noelia se detuvo y le habló con cautela.
—Hoy tengo una cena con mis compañeros, ¿por qué no te vas tú primero?
Raúl le quitó el bolso del hombro y, sin apartar la mirada, le dijo:
—Es que yo ya reservé en un restaurante. Quería celebrar contigo.

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