Raúl acomodó los puños de su camisa con calma.
Luego le advirtió a Elvira:
—Reconocí a Iker como mi hijo solo para evitar que mi abuelo se meta contigo y tu hijo. Así, ustedes dos podrán quedarse en San Miguel Arcángel sin que les hagan nada.
Elvira asintió con desesperación, temblando como si el suelo se le hubiera abierto.
Raúl continuó:
—Te estoy ayudando solo porque durante estos seis años te la jugaste por mí y sacrificaste tanto.
Elvira apretó los labios, tratando de contener las lágrimas, y volvió a asentir con fuerza.
Raúl la miró con una expresión implacable.
—Te prometí que cumpliría con lo que te dije, pero solo si te portas bien y dejas de meterte en problemas.
Dicho esto, Raúl se giró y salió de la habitación sin mirar atrás.
Elvira se quedó parada, paralizada, hasta que la puerta se cerró. Solo entonces se desplomó en el suelo, sintiendo cómo se le aflojaban las piernas y el corazón le latía a mil por hora.
En ese momento, supo que unirse con Noelia había sido la mejor decisión. Tarde o temprano, se juró, lograría pararse frente a Raúl, de igual a igual, y convertirse en la mujer a su lado.
...
Casi daban las nueve de la noche cuando Raúl esperaba a Noelia abajo del edificio donde vivían los papás de ella.
Cuando la vio salir del elevador, Raúl aplastó la colilla de cigarro contra el suelo.
Al acercarse, le acomodó el abrigo y, sin decir palabra, la atrajo hacia su pecho con un gesto protector.
Le susurró al oído:
—¿Tienes frío?
Noelia arrugó la nariz al percibir el olor a tabaco en la ropa de Raúl. Levantó la vista y, en una de las ventanas, divisó tres siluetas observándolos. Enseguida entendió por qué Raúl la abrazaba y no tenía prisa por subir al carro.
Él quería que sus papás y su hermano vieran que entre ellos todo estaba bien.
Sin hacer aspavientos, Noelia lo apartó suavemente.
—La familia Barrios lleva años en la ruina. Los Olmedo están en otra liga desde hace tiempo. Aunque me pase algo aquí y ahora, mi familia no podría hacerte nada. No hace falta que actúes así conmigo.
Raúl se quedó mirándola en silencio, como si buscara palabras que no encontraba. Pero no explicó nada.
—Mañana es tu primer día de trabajo oficial. Mejor vete a descansar temprano —dijo al final, con voz seca.
A las ocho en punto, Raúl dejó a Noelia en la entrada del hospital.
Antes de irse, Noelia le recordó:
—Cuídate mucho hoy, ¿sí?
Raúl, recargado en la puerta del carro, no apartó la mirada de Noelia hasta que ella desapareció por la entrada.
La luz dorada de la mañana caía como hilos sobre Noelia, haciéndola ver aún más radiante.
Raúl no se fue de inmediato. Se quedó un rato apoyado en el carro y encendió otro cigarro.
Recordó lo que había pasado desde aquella noche en la fiesta anual de Grupo Sigma Universal, cuando Noelia subió a buscarlo con otros para "atraparlo" en plena acción, hasta la vez que lo salvó en la casa y esa vez en el hospital, cuando fue capaz de convivir con Elvira sin armar pleito.
Noelia había hecho todo eso con una paz y una distancia que le resultaban imposibles de descifrar, como si no fuera parte de la historia.
Era ella quien le acomodaba la corbata, la que le recordaba que manejara con cuidado, la que lo besaba en la mejilla, casi por costumbre.
Todo eso era solo una forma de cumplir, de aparentar.
Ya no discutía con él, no lloraba, ni gritaba de dolor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Familia en Sus Publicaciones