Tras decir eso, Martina observó instintivamente las facciones de Erika y le preguntó con un tono sombrío:
—¿Te duele verlo así? ¿Verdad?
Erika se le quedó viendo fijamente; abrió la boca, pero las palabras no le salieron.
Al verla tan deprimida, Martina le dijo con toda la buena intención:
—Ay, Eri. Te ha hecho tantas perrerías que, la neta, aunque se muera no deberías ni pararte en su funeral. Sonará muy gacho, pero piénsalo: estuviste casada con él dos años. ¿Qué te dio en ese tiempo? ¿Acaso te dio cariño, te cuidó, o te dio lana para gastar a manos llenas?
Erika frunció el ceño y murmuró melancólica:
—Marti, ya sé todo eso. Pero cuando él pidió el divorcio, a mí también se me vino el mundo encima. Yo solo quería que cada quien hiciera su vida y ya. Lo malo es que lo maldije horrible, y ahora verlo en ese estado...
—¡No manches! ¡Se supone que saliste de una buena universidad! Si las maldiciones sirvieran de algo, la gente ya ni se pelearía a golpes; nada más se sentarían a echarse maldiciones y listo.
La interrupción de Martina sonaba a regaño, pero en realidad trataba de consolarla.
Erika se quedó mirando los fideos, que ya se habían enfriado.
—¿Me estás escuchando, Eri? Lo que le pasó a él no tiene nada que ver contigo, así que ni le hagas caso a las pendejadas que te dijo Diego. Como es su asistente, a huevo lo va a defender a muerte. Ahorita te lo explico bien.
Martina agarró el plato de Erika, fue a calentarlo un poco y regresó a la mesa. Luego siguió hablando:
—En la universidad estabas loca por él, y al final lograste casarte con él. Cualquiera diría que era un sueño hecho realidad. Pero, ¿te has puesto a pensar en serio por qué se casó contigo? Ya te lo había dicho antes: ¿se iba a sacrificar nada más por darle gusto a su abuelo? Eso no va con su forma de ser.
Erika soltó un ligero suspiro, y para no menospreciar el esfuerzo de su amiga, agachó la cabeza y empezó a comer.



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