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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 15

—¡Regresamos a la oficina!

—Enseguida, señor Ramírez.

Diego lo siguió con la cabeza baja, invadido por un mal presentimiento.

Conocía lo suficiente a Erika para saber que no era el tipo de persona que dejaba a alguien plantado. Además, él había escuchado la determinación con la que habló en la oficina. Era el tono de voz de una mujer hundida en la desesperación y el cansancio.

No podía entender por qué Valerio simplemente se negaba a captarlo. O quizás, él mismo no era un experto para juzgar temas del corazón.

Al llegar a la planta baja, Diego no aguantó más la duda y preguntó:

—Señor Ramírez, sigo pensando que la señorita Milán no faltaría sin justificación... ¿Y si le pasó algo malo?

Valerio se detuvo en seco. Un atisbo de preocupación cruzó por su rostro por apenas dos segundos antes de volverse de piedra nuevamente:

—Eso demuestra lo mal que sabes juzgar a las personas.

Diego se quedó clavado en su lugar, viendo cómo Valerio continuaba su camino a zancadas hacia la camioneta tras soltar aquella frase.

—¿Te vas a quedar ahí plantado?

—¡Ay, ya voy, ya voy!

Diego corrió y subió al asiento del copiloto. Sin necesidad de voltear a mirarlo, sabía perfectamente que su jefe traía cara de pocos amigos.

Sigilosamente, Diego conectó su celular por Bluetooth y se puso un audífono en el oído contrario a la vista de Valerio.

Bajó todo el volumen de su teléfono y marcó el número de Erika una vez más.

Al tercer tono, para su absoluta sorpresa, la llamada entró... pero la voz que respondió era la de un hombre joven.

Diego se asustó tanto que colgó de golpe.

¿Qué carajos pasaba? Erika no se presentaba a su cita y ahora un extraño contestaba su teléfono.

¿Quién era él?

***

En el hospital.

Erika fue abriendo los ojos lentamente, cegada por el blanco absoluto de la habitación.

¿Qué demonios había pasado? ¿Se había desmayado dos veces en un solo día?

Quien terminó arrestada seguro era Penélope, pero a ella le importaba un rábano lo que le pasara a esa mujer.

Tras darle un par de indicaciones extra, la enfermera abandonó el cuarto.

Erika giró la vista hacia el buró, jaló su bolsa y empezó a rebuscar su celular.

Al encender la pantalla, brillaban más de diez llamadas perdidas de Diego.

No hacía falta pensarlo mucho para imaginarse a Valerio con la vena saltada del coraje en la frente.

Con esta emergencia imprevista, el idiota seguro ya había concluido que ella le estaba jugando chueco.

Pero, en este momento, eso ya no le importaba.

Si le creía o no, no cambiaría absolutamente nada. Lo único que realmente le urgía era mantener a salvo a la criatura que llevaba dentro.

De aquí en adelante, esa pequeña vida sería el tesoro más preciado de su existencia.

Inundada por ese pensamiento, Erika acarició con ternura su vientre plano.

Después de meditarlo largo rato, agarró el celular y le devolvió la llamada al asistente Diego.

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