Sonó un par de veces y la llamada se conectó de inmediato, pero la voz que se escuchó no era la de Diego.
—Erika, ¿Qué estás intentando hacer ahora?
La voz helada de Valerio llegó a sus oídos.
Erika se quedó en silencio unos segundos antes de responder con voz tranquila:
—Me surgió un imprevisto, te marco en unos días.
—¿Qué imprevisto podrías tener? ¿Quién estaba jurando solemnemente en la mañana? ¿Y ahora te escondes en la tarde? Si quieres algo, dilo directo. No tengo paciencia para tus juegos.
El tono agresivo de Valerio le resultó molesto a Erika. Alejó un poco el celular y respondió con frialdad:
—Es un asunto personal, no te lo puedo decir. Hablamos en unos días, te dejo.
Tras decir esto, Erika colgó.
Suspiró con pesadez. Si no fuera por su estado de salud, ya tendría los papeles del divorcio en sus manos.
Erika de pronto recordó que necesitaba reposo absoluto en cama; tendría que conseguir a alguien que la cuidara. Volvió a tomar el celular y le marcó a Martina. Del otro lado, Martina contestó rápido:
—¡Erika! Me surgió una urgencia y tuve que salir, ya voy a abordar el vuelo. Si pasa algo, mándame un mensaje, ¿sale? Aterrizo en dos horas, te dejo.
Erika no alcanzó a decir nada cuando la llamada se cortó.
Mirando la pantalla oscura del celular, Erika acarició el cristal con el pulgar. Luego, checó el saldo de su cuenta bancaria. Aún no sabía a cuánto ascendería la cuenta del hospital, pero si además contrataba a una enfermera privada, seguro no le alcanzaría.
Mientras dudaba, la puerta de la habitación se abrió de nuevo.
—Hola, soy la enfermera encargada de cuidarla, número 29.
Una señora con uniforme gris entró con una gran sonrisa y se dirigió a Erika.
Erika se desconcertó y le preguntó en voz baja:
Erika se quedó helada. ¿En serio la persona que la salvó había depositado tanto? ¿Un desconocido, así de generoso?
Erika lo dudó unos instantes, pero decidió que la enfermera se quedara por el momento. Cuando se recuperara, buscaría la manera de encontrar a esa persona para pagarle.
Por otro lado, Valerio entró a la mansión con el rostro ensombrecido. Al verlo llegar, María se acercó angustiada a informarle:
—Señor Ramírez, qué bueno que llegó. La señora se fue. Y la verdad, se veía muy mal cuando salió.
Valerio se aflojó la corbata mientras pasaba de largo junto a María para subir las escaleras. Una vez arriba, se giró para mirarla y sentenció:
—De ahora en adelante, ya no es la señora Ramírez.
Tras soltar esa fría respuesta, Valerio entró a su despacho. Se fumó un par de cigarros y luego caminó casi por inercia hacia la recámara principal.
Empujó la puerta despacio y lo primero que vio fue el anillo sobre el tocador.

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