Tras unos segundos, Lorena se sobó la mejilla que todavía le ardía por la cachetada y siseó entre dientes:
—¡Erika! Yo que tú no cantaría victoria tan rápido. Si no escuchaste bien lo que le dije a Vale hace rato, con gusto te lo repito.
Mientras hablaba, la mirada de Lorena se paseó de arriba a abajo por el vientre de Erika.
Lentamente, se llevó las manos a su propio abdomen y pronunció con altivez:
—Escúchalo muy bien: ¡Yo! ¡Estoy! ¡Embarazada! ¡Un hijo de Valerio!
Lorena lo dijo arrastrando cada palabra, por miedo a que no le quedara claro.
Pensaba que decirlo de esa manera tan directa la volvería loca.
¡Ojalá la hiciera pasar un coraje tan grande que terminara en el hospital!
Pero, por más que le escudriñó el rostro, no encontró ni el más mínimo rastro de molestia en ella.
Para empezar, Erika no necesitaba recordatorios; lo había escuchado fuerte y claro mientras estaba en el baño.
Y sí, ya le había dolido enterarse.
¿De qué servía que se lo repitiera? Lorena solo quería molestarla.
Erika dio unos pasos despacio hacia ella, y esa sonrisa volvió a dibujarse en sus labios.
Quizás porque esa misma sonrisa era la que tenía antes de darle la cachetada, Lorena dio un paso hacia atrás por puro instinto.
Erika sonrió aún más y le murmuró en un tono tranquilo y aterciopelado:
—¿Ah, sí? No hay problema. La familia Ramírez no dejaría a uno de los suyos desamparado. Así que, cuando nazca, me lo puedes dar para que yo lo críe. Aunque, qué lástima que ya no estamos en la época de antes, si no, hasta podría convencer a Valerio de que te pusiera casa chica. Así no tendrías que pasar por la humillación de ser solo la amante...
—¡Erika! ¡Maldita...!
Lorena se quedó atragantada a la mitad de la frase, tan indignada que no le salían las palabras.
La mezcla de odio y rabia le desfiguró la cara por completo.
Aguantándose el dolor, levantó la mirada, llena de resentimiento, para ver quién la había atacado.
Pero al toparse con los ojos afilados como cuchillos de Valerio, todo su drama acumulado explotó en un segundo.
Lorena rompió en llanto y gritó con desesperación:
—¡Vale, no fui yo, te lo juro! ¡Yo no quería golpearla, ella fue la que me humilló, ella me pegó!
Valerio frunció el ceño con severidad. Sus ojos viajaban rápidamente de Lorena a Erika.
Erika lo miró poniendo su mejor cara de víctima, haciéndose la ofendida. Hizo temblar ligeramente sus labios, sin articular ni una sola sílaba.
Por su expresión, cualquiera juraría que ella era un corderito asustado del que Lorena había abusado a su antojo.
Al ver desde el suelo la actuación barata y exagerada de Erika, Lorena sentía que le iba a dar un infarto del puro coraje.
—Vale... Te estoy diciendo la verdad, ¡no te dejes engañar por esa mosca muerta!

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