—Bastante bien, ya puede comer con normalidad. Señorita Milán, la tengo que dejar, el señor Ramírez me está hablando. Más al rato confirmo la hora con él y le aviso.
La llamada terminó. Erika frotó la pantalla de su teléfono y murmuró preocupada:
—Marti, quiero ir a ver a don Ireneo, pero me da miedo que su salud empeore si se entera de que me voy a divorciar de Valerio.
Martina le dio unas palmaditas en el hombro para calmarla:
—Entiendo el cariño que le tienes a don Ireneo, tú ve a verlo si quieres. Dudo que alguien vaya a decírselo; de todas formas, la familia Ramírez siempre ha estado desesperada por echarte a la calle.
Erika asintió con un nudo en la garganta:
—Sí, entonces me esperaré a que él no esté en el hospital para ir a visitarlo.
Poco después, Martina terminó de guardar todo.
Apenas salieron de la habitación, el celular de Erika volvió a sonar.
En la pantalla brillaba el nombre de Valerio.
Erika no contestó. Bastaba con fijar la hora en el registro civil y que Diego se lo comunicara. ¿Qué necesidad tenía de llamarle personalmente?
El celular sonó un rato y luego se detuvo. Justo cuando Erika iba a guardarlo, volvió a sonar.
Al ver que ahora era Diego, sus finos dedos deslizaron la pantalla sobre el botón verde para contestar.
—¿Ah, sí? ¿A Diego sí le contestas, pero evitas mis llamadas? Erika, ¿de verdad me aborreces tanto?
La grave voz de Valerio resonó en la bocina. A diferencia de días atrás, parecía no tener ni una pizca de coraje; de hecho, sonaba extrañamente tranquilo.
Erika hizo una pausa y respondió despacio:
—Si no tienes nada que hacer mañana, nos vemos a las nueve de la mañana en el registro civil.
Valerio le contestó con frialdad:
—Tengo que platicar algo contigo. ¿Dónde estás? Mando a mi chofer para que pase por ti.
Erika se negó sin dudarlo:
—No tengo tiempo. Si sigues dándole vueltas a lo de la indemnización por el divorcio, te lo vuelvo a recalcar: no quiero nada.
Tras esas palabras, hubo un profundo silencio del otro lado de la línea. Erika añadió:
—Nos vemos mañana a las nueve.
—Espera —Valerio se apresuró a contestar, su tono seguía siendo más suave de lo que ella esperaba.
—Marti, me acaban de citar, adelántate tú a la casa.
Martina frunció el ceño:
—¿A poco viene Valerio a buscarte? ¡No me digas que ya te ablandaste!
Erika sonrió de medio lado:
—¿En serio crees que voy a ceder?
Martina se encogió de hombros:
—Bueno, a fin de cuentas es bronca tuya. Nomás acuérdate, no dejes que te vuelvan a ver la cara de mensa; échale las mismas ganas que las protagonistas que renacen en las novelas y se vengan. Bueno, ya me voy; ten mucho cuidado al caminar, no te vayas a dar un trancazo.
Después de hablar con esa franqueza de siempre, Martina agarró a Erika del brazo para guiarla hacia el elevador.
Una vez afuera del hospital, cada quien agarró su rumbo.
Erika se mezcló con la gente que cruzaba por las líneas peatonales y llegó a la entrada de la cafetería de enfrente.
No entró, prefirió quedarse sentada en una de las mesitas de afuera.
Cada tanto revisaba la hora en la pantalla de su celular. Cuando faltaban unos segundos para que se cumplieran los diez minutos, agarró su bolsa y bajó los escalones para irse.

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