Un instante después, su mirada bajó hacia su propia mano. Hasta entonces recordó que, como su matrimonio había sido un secreto, él nunca había usado su argolla.
Valerio frunció el ceño y comenzó a inspeccionar la habitación.
Las puertas del clóset estaban abiertas de par en par; aunque ella no se había llevado mucha ropa, él jamás la vio usar los bolsos de diseñador de edición limitada que le había comprado. Aparte de los bolsos, también le había comprado joyas carísimas, pero el vestidor contiguo siempre había estado vacío.
Si se había llevado todo eso, seguro era para mantener a la familia Milán, ¿qué otra razón habría?
Definitivamente, su abuelo ya estaba perdiendo la razón para decir que era una buena muchacha sin interés por el dinero. Podía haber engañado a su abuelo, pero a él no iba a verle la cara de tonto.
Hoy no había llegado a la cita en el registro civil, quién sabe qué teatrito estaba armando ahora.
Avanzó por el cuarto y caminó de manera inconsciente hacia el buró. Se inclinó y abrió el primer cajón; un elegante estuche de terciopelo descansaba en el interior. Dudó un segundo antes de sacarlo y abrirlo.
En el dije estaban grabadas las letras de la palabra LOVE. Sí, era el collar que ella atesoraba más que nada.
¿Tanta prisa tenía por irse? ¿Tan desesperada estaba por largarse de esta casa?
¿Ni siquiera se llevó el collar que cuidaba con su vida?
Valerio pasó el pulgar sobre las marcas de la reparación del collar; se había roto durante un forcejeo entre ellos. Desde el primer día que la vio, ella ya lo llevaba puesto en su delicado cuello.
Si no era un regalo de algún amor del pasado, ¿qué otra cosa podía ser?
Eso, sumado a las frases de amor que murmuraba en sueños, solo reforzaba su idea de que Erika sabía fingir muy bien.
Mientras más lo pensaba, más le hervía la sangre. Guardó el collar con todo y estuche en su bolsillo y salió a paso veloz de la habitación. Se dirigió solo al hospital para visitar a su abuelo en coma.
***
Una semana después.
Bajo la indicación del doctor, Erika ya estaba lista para ser dada de alta.
Martina regresó tras arreglar el papeleo y le ayudó a guardar sus cosas:
—Ay, Erika, te ves muchísimo mejor que hace una semana. Hasta agarraste color, ya no te ves pálida y siento que tienes los cachetitos un poco más llenitos.
Erika sonrió levemente. Era cierto. En toda la semana no había hecho otra cosa más que comer y dormir; el embarazo empezaba a estabilizarse y se sentía mucho más ligera, tanto física como mentalmente.


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